miércoles, agosto 05, 2009

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Para la sustentación estable de un cuerpo es necesario que tenga, al menos, tres puntos de apoyo que no estén en línea recta.
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Thomas Bernhard, Corrección.
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Del padre de Saleta no sabemos su nombre. Sabemos muchas otras cosas. Por ejemplo, su profesión, que era psicoanalista; y también, que sacó adelante a su madre (una esquizofrénica) unos años después de montar el gabinete en un piso de Santiago. Sabemos además que se enamoraron al final de la terapia, cuando su curación. Y que lo cerraron todo a cal y canto y se fueron a un puerto del Atlántico (Porto do Anxo) donde compraron un antiguo faro que estaba en venta, lo rehabilitaron y pusieron por nombre "Almiya" (una mirilla para observar el alma), porque así se llamaba también el gabinete de psicoanálisis.

Al cabo de unos años nació Saleta (la virgen de La Saleta es la patrona de Porto do Anxo). En un momento sin determinar de su adolescencia muere Uxía (Eugenia), su madre. A partir de ahí, el padre compra una barca, le rotula el nombre de su querida Uxía, y se encierra en sí mismo y en navegar. Rara vez cruzan alguna palabra. Saleta aguanta así algún tiempo torturándose, porque no consigue comprenderle ni puede ayudarle en sus mutismos.

Para salir de esa situación decide marchar a USA a estudiar Filología a Wisconssin y poner tierra por medio. Es su primera huida. Allí conoce a un amor inestable en un recital de Bob Dylan y Joan Báez, y entra en contacto con ideas trostkystas.

A la vuelta, recién licenciada con veinticinco años, encuentra el ambiente del faro igual o peor. Se le queda pequeño el puerto, la situación del país y su vida. Por eso emprende esta segunda huida a Madrid en 1970 con la intención de servir de algo a los movimientos que se oponían a la dictadura. A partir de ahí adoptará el nombre de Yailene, y marcará un teléfono cada domingo para decir esta contraseña: "Ha llegado una caja de Codorníu". Su tarea se completará con pasarle una bolsa de octavillas a un joven muy bien vestido que no conoce de nada en el andén del metro de Sevilla. Así durante un largo periodo.

Es en este paréntesis cuando se busca diversos trabajos a cual más variopinto, nada fijo. En parte por motivos de seguridad; pero también, porque no va con ella.

Poco antes de la muerte del dictador, intuye que no vale para andar de "liberada" en un tren que no piensa salir de la estación. Lo ve venir y se vuelve a Cabo do Anxo. Cuando llega al puerto, le comunican la muerte (el cuerpo nunca se encontró) de su padre. Según los vecinos, Uxía, la barca, regresa una tarde sin él. Un libro abierto de Sófocles es lo único que vuelve del horizonte.

A partir de ahí, Saleta se empeña en encontrar una explicación a los silencios de su padre y a su posible suicidio, para lo cual se encierra en el piso de Santiago (donde tenía el gabinete) para recuperar uno por uno todos los apuntes y comentarios que dejó hechos al tomar notas en las sesiones de terapia.

Pero, un día que está trabajando entre apuntes, aparece Chumpéter (tampoco se sabe su nombre real), un tipo que viene de Madrid lleno de contradicciones. Por un lado está montado en el dólar como consecuencia de sus conocimientos para interpretar gráficos bursátiles. Por otro, viene de llevar a cabo paralelamente un esfuerzo intensivo de meditación Zen sin haber obtenido fruto alguno. Su intención es alquilar un faro (Saleta ha puesto un anuncio) para huir del hastío y la decepción que siente en su vida. Entre ellos se produce un enamoramiento que no termina de dar sentido a sus existencias. Algo que después de dar muchas vueltas, acaba por provocar la cuarta huida de Saleta a Madrid, unos años después.

Codorníu encuentra a Saleta en un bar de Malasaña y se reconocen. Codorníu era el tipo aquel tan trajeado que le recogía la bolsa en el metro de Sevilla. Comienzan una relación muy intensa basada en los recuerdos de su compromiso personal con el riesgo. Cuando regresan a Porto do Anxo, no saben como va a reaccionar Chumpéter. Sin embargo, viven unos años de una increíble estabilidad emocional formando los tres un grupo donde brilla tanto la amistad de los dos hombres como el amor que cada uno siente por ella.

Tras unos años dorados, Chumpéter advierte que se le está acabando el dinero procedente de la Bolsa y Codorníu propone regresar a Madrid para sobrevivir de su antiguo empleo. Saleta accede y demuestra que sigue teniendo esa chispa para buscarse la vida a través de trabajos de lo más ingenioso. Sin embargo el ambiente de la ciudad industrial es inhumano y lleno de crispación, y antes que aquella relación tan bella se deteriore, los tres llegan al acuerdo de vivir separados. Chumpéter accede a regañadientes; se enfrasca en sus lecturas y en el Havana con limón, pero es el que peor lo lleva.

En este periodo, superado el ecuador de sus vidas, muere Saleta.
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viernes, enero 30, 2009

Para el amigo Mera, que sabe de flotación.

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Claro, Saleta… por supuesto... Ya sé que tú no puedes volver de donde te dejé.
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Que todo lo tengo que escribir yo, desde la barca, con la urna y el portátil.
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Y menos mal…
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Si no, habría que verte. Con el genio que tú gastabas...
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También sé que el islote de Ferreira, frente a la playa de Corrubedo, era el sitio elegido, y que yo no tengo nada, ni tuve nada que decir. Tan sólo, cumplir tu última voluntad como dios manda y llevarte. Ah, y saber que no había sitio mejor... en eso acertaste de pleno.

Era todo lo que había de hacerse. Y lo hice como un hombre.

Bueno, "todo" parece una palabra que cierra lapidariamente una vida, y no es así. Ahora falta esperarme a mí. Me pregunto por dónde andarán tus cenizas. Tal vez, allá, por Malpica de Bargantiños, se habrán dado la vuelta y chapoteen cuesta abajo, hasta la mirada cónica del castro del monte Tecla. Quién sabe. Porque no sé si te dije que es una mancha gris que viaja toda junta. Algo que da que pensar cuando la noche acecha.

Claro que la primera vez que fui contigo al islote, no estaba todo tan atado por la norma (ni tampoco por la vida y la muerte: hay que decirlo), y pudimos acampar al pie de las dunas. Por aquel entonces la vida nos mimaba. Recuerdo como salimos de la tienda la primera mañana y como subimos enterrando los tobillos en la arena fina... Luego, bajamos rodando hasta la orilla...
Nadie andaba por allí, por aquellos años.
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También recuerdo como nos bañamos desnudos, y como recogimos conchas hasta el mediodía. Comíamos cualquier cosa que lleváramos en las mochilas, al abrigo de las dunas... allí sopla bastante el viento.

El puerto de Corrubedo, no sé si sigue; supongo que sí. El faro, seguro que anda como un chaval... de lúcido. Eso lo sabrá Mera mejor que yo, que es un experto.
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Saleta, quiero decirte una cosa: se me ha quedado una novela en la taberna que tú conoces, la única que había entonces; por allí, no había otra. Te lo digo, por si en una de estas subidas de la mar impredecible, te pasas y te llevas lo que es tuyo.

Ah, y si me lees (que sé que sí), escúchame bien: es cosa de que me vayas haciendo un guiño -como los faros- y pronto... Porque mi vida es una estrella que se apaga.
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Chumpéter.
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sábado, enero 17, 2009

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Al verme entrar, el dueño de la taberna me echó una mirada extraña y, al poco, desapareció en la cocina, regresando con un sobre en la mano.
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«El destino es un misterio; un ejemplo de lo que de insondable tiene la vida en su distribución de méritos y deméritos...»
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No necesitaba seguir leyendo. Lo metí en el bolsillo y alcancé la puerta despacio, subiendo los escalones desgastados y fríos. Cuando salí a la realidad, la acera brillaba a la luz de algún cercano farol, empapada la mirada por la cerrada niebla nocturna. Los espacios visibles se achicaban con los primeros metros. Poco antes de la oscura bocacalle se escuchaban los gemidos del viento, de unos gatos, o de una cinta de vídeo donde alguien estuviera viendo por enésima vez la mirada de Rosalía Dans en "Los gozos y las sombras".

Un movimiento involuntario e inevitable condujo mi mano a buscar apoyo por fuera en el carcomido dintel de cerezo. Sentí entonces el roce de los dedos sobre esas letras rebajadas a gubia, y también sentí como humedecía mi boca su nombre en gallego haciendo reverberar mis labios temblorosos. Conmigo, acompañándome en aquel sobre, se deletreaba la certeza de que no volveríamos por allí ninguno de los dos. Es más: a partir de ese día, puse todo mi empeño en borrarlas a ambas (a Saleta y a la taberna) rápidamente de mi mente.

La conciencia común de lo imposible se nos había vuelto insoportable.
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Chumpéter
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viernes, enero 02, 2009

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Saleta apareció doblando la calle justo cuando por la persiana que daba al este se escapaba mi última esperanza. Todavía no había salido el café; pero por el aire, sin embargo, ya se podían percibir los primeros aromas que llegaban de la cocina.
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Miré enfrente, hacia los cubos del ayuntamiento. Por detrás, había un barrendero sentado en la acera con un cigarro entre los labios. Paradógicamente, sobre su cabeza se comenzaban a despegar unos carteles acerca del cincuenta aniversario de la revolución cubana. Ella pasó sin apenas mirar. Tal vez pensó que el año nuevo recién nacido bastaría para secar un charco de reproches, pero no podía estar más equivocada. O, mejor dicho, sería la monda que alguien que ha llegado tan tarde a sí misma pudiese desmontar su vida con la ingenua solución de arrancar hojas de un almanaque.

Cuando metió la llave de casa, sentí la amarga incertidumbre de las torpezas intensamente repetidas y, sin dudarlo un instante, salté a la terraza contigua, me dejé deslizar por una bajada y me perdí en la noche.
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Chumpéter.
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sábado, diciembre 20, 2008

Saleta ha dado muchas vueltas. Era hija de un marinero que vivía en el pueblo de Noya. Su casa no estaba directamente en el puerto, sino que, solitaria, había entonces que alejarse un par de kilómetros acantilado arriba hasta encontrarla.
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Los ojos azul cobalto de Saleta eran así porque vio el mar nada más nacer, decía su padre. Sin embargo hace mucho tiempo que no ve otra cosa que la barra de un bar. Y el Derby –donde desayuna– no es el lugar más adecuado para citarse con la espuma. Ella misma, solita, se lo dice todas las mañanas; aunque sea en voz baja.
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Chumpéter alquiló un faro en Corrubedo. Era un momento en que los espacios indecisos de su vida no aceptaban un nombre. Lo que más adelante, en los años noventa, se dio en llamar una encarnación física pendiente de holograma.
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Sólo tenían una cosa en común: ambos eran fragmentos que se conocieron en un bloque de edificios de Santiago difícilmente diferenciable de sus adyacentes. Sucedió en el rellano, junto a un ascensor, en una colmena de esas, tras un primer contacto visual tan arrobador que ni ellos mismos aciertan a entender.

Sus vidas estaban necesitadas de citas donde estuviese todo hecho, papel rayado para escribirse, etc. Si no, no se explica. Llevaban poco tiempo -una semana, si acaso- de alquiler por el mundo. A veces, el destino tiene el corazón de trerciopelo.
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Recuerdo que Chumpéter aún navegaba colgado del palo mayor de una idea. Puede que, en realidad, estuviesen -ambos- en otras dimensiones, un punto ciego, una contraventana mal cerrada una tarde de invierno.
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Estas cosas suceden.

.Pepe.

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domingo, diciembre 07, 2008

Derechos de autor

Mientras buscaba torpemente algo para firmar el recibí, acabé por creer que una mirada cálida se posaba en mi piel; mi memoria confunde ya esas claves.

– Tengo la furgoneta en la esquina –dijo volviendo la cabeza según bajaba la escalera–, cuando acabe el reparto, vuelvo.

Me apoyé en el marco de la puerta y volví a quedarme solo. Al abrirse el portal, el taconeo de sus botas camperas salió tras ella cada vez más lejano. La niebla amarillenta del invierno entró unos segundos envolviendo de vaho los buzones adosados a la pared y amenazó con subir al descansillo.

No abrí la caja, ¿qué importancia tenía?

Mucho antes de lo que pensaba, volví a escuchar un timbre.

Me extrañó tanta rapidez. Sin embargo, una sonrisa bailó espontáneamente por mis mejillas borrando toda esa neblina de golpe. Cuando levanté la vista del suelo, aquellos ojos color moka (que no me eran del todo desconocidos) volvían a estar allí, como si no se hubieran ido.

Algo que sostenía en la mano derecha, danzaba entre sus dedos.

– Es un bolígrafo –me dijo al ver mi desconcierto–, si piensa estar así mucho tiempo prefiero que me firme.

Aún ignoro lo que traía la caja. Sólo sé que por fuera era roja, y apenas pesaba.
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Después de esa mañana, mi vida cambió: cogía el coche, entraba en la oficina de Correos de otra localidad y la volvía a enviar a mi dirección poniendo un remitente ficticio.

Así, cada dos o tres días cruzábamos una mirada, un saludo y un bolígrafo.

Al cabo de un mes, supe que se llamaba Saleta. Un año más tarde, se quedó a dormir y fui dándome cuenta de que su oficio de cartera era meramente accidental.

A partir de esa noche, no recibí la caja. Yo juraría haber seguido las mismas rutinas: de hecho estoy viendo -como a la luz del día- la última vez que fui a Correos.

– Si se extravió, se lo devolverán al remitente –recuerdo que me decía ella al principio, antes de salir camino del trabajo.

Poco a poco fui dejando de preguntar, y nunca más volvimos a hablar de aquel tema.

Por curiosidad, me hubiese gustado saber qué contenía.
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He pensado de todo. Pero el destino siempre se guarda en la manga una pieza de su propio puzzle. En este caso, se quedó con algo que iba dentro de la caja y me dejó sin saber a quien tenía que agradecer lo nuestro. No para nada. Sólo porque me hubiera gustado enviarle los derechos de autor de una parte bonita de mi vida.

Chumpéter.


sábado, noviembre 29, 2008

¿Ve usted lo que yo veo?

Y esas palabras fueron la llama que encendió mi vela y abrió mis ojos. Nada me importaba tanto (ni siquiera ella), como escribir. Volver a pegar las piezas, sus miembros, darles una nueva circunstancia, sentir cómo y de qué manera resucitaban entre mis dedos.
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Saleta, lista como una ardilla, pilló al vuelo este cambio de rumbo, y un día de este otoño, dejó de citarme en los hoteles y se adentró en la vida de alguien muy especial: un trabajador de banca, amante de los gráficos bursátiles, que frecuentaba una cafetería antigua de la Glorieta Bilbao, una reliquia de los tiempos contra la dictadura, llamada El Comercial.

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Fue como si él se acercara y le tendiese el archivador donde estaba todo lo suyo... así sin más. Al menos eso me contó luego. Léalo, por favor, le pareció que le decía, después mire a su alrededor y dígame si ve usted lo que yo veo.
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Esa tarde llovía a cántaros. Con lo cargada que llevaba ya las espaldas por unas cosas o por otras, le faltó muy poco para frotarse los ojos, levantarse de la silla y salir a darse una vuelta, aunque se empapara.
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Pero había algo en la locura de ese hombre -en su extravío-, que terminó por intrigarla hasta ver de qué iba. Cuando quiso parar ya era tarde: estaba atrapada entre aquellos espejos y el terciopelo rojo de la sala.
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No era excusa; pero me dijo que, mientras él -de pie-, mantenía la mano extendida hacia ella con aquellas carpetas, le vino una sonrisa involuntaria (a pesar de todo el cansancio), y siguió leyendo con él hasta la hora del cierre.
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Hay vidas paralelas destinadas a cruzarse contra toda lógica, dice que pensó. Y hasta sintió que se trataba de una corazonada absurda, según ella. Sin embargo, le habría gustado tanto conocerle más de cerca (me confesó en la nota), que hizo un esfuerzo y se quedó sentada dejando que él acariciase el cartón amarillento de su corazón. Después, comenzó a digerir el aluvión de expresiones (muchas de ellas, tecnicismos irrepetibles) que emergían a borbotones de aquellos folios, como una boca de riego rota en cualquier acera inclinada de Malasaña.
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Sólo al llegar a la última página (la que todo lo cierra), en un acto de lucidez, quiso regresar al Cantábrico al darse cuenta que ya coqueteaba -totalmente ida- al son del oleaje del Havana Club.
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Eso ya no es posible, le dije cuando me llamó llorando por el móvil; aquel tiempo se cerró para siempre. Tras un silencio, colgó sin despedirse. Pero unos días después me envió las carpetas de aquel empleado que sabía tanto de gráficos. Toma, me decía en su nota, para que sigas escribiendo.
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Supongo que se las sacaría con malas artes. Como la Maga. .
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Pero eso no me lo dijo.

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sábado, noviembre 22, 2008

"Hemorrealistas": una historia en la Puerta del Sol

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«Estos jóvenes van a quedarse… Vienen de lejos… Dales la 201… si está libre» ─dice el mendigo al recepcionista, un joven pelirrojo que está copiando los datos del DNI falsificado en Pontevedra.
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Y volviéndose hacia mí, añade: «Llámeme si me necesita. Cruzo este holl metiendo maletas. Vivo fuera, junto a los cubos… Me hubiese gustado decírselo antes, en la puerta, cuando salió del taxi; pero no le vi muy hablador… Hago por sobrevivir cada semana merodeando por aquí… menos los viernes».
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Y luego, dirigiéndose a Saleta, continúa diciendo: «Ese día voy al semáforo, a sacarme algo extra para el finde… Vamos, como si fuera un pluriempleo, si se le puede llamar así… A la hora que quieran, acérquense a la puerta; ustedes parecen buena gente... Ya saben: aquí -como en todas partes- hay mucha soledad…».
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Dejamos al mendigo hablando solo y subimos en fila pisando unas crujientes y empinadas escaleras de madera. Dos vueltas de llave me despeñan (por fortuna) de la noria de mis pensamientos. La puerta se abre y el recepcionista pasa delante para descorrer unos pesados cortinajes que dejan visible la galería de cristal sobre la calle. Después mira a su alrededor repasando detalles que sólo él conoce. Se ha echado a un lado para no estorbar, para que yo vea la habitación sin obstáculos; sobre todo sin el obstáculo de sus ojos que miran distraídamente a muchos sitios… también a Saleta.
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«Me gusta, es amplia, tiene luz», le digo. Las frases hechas, a sabiendas que sólo son eso, no me gustan. En el fondo son ruidos en el aire que sólo sirven para engañar los nervios del momento. Muchas veces me pregunto por qué lo hacemos. No puedo evitar sentirme culpable colaborando a que algo inesperado lo cambie todo caprichosamente para esta niña rica que estudió Filología en Wisconsin. Tampoco sé por qué necesita tanto "elegir bien", meterse dentro de lo que siente cada uno, de lo que piensa. A mí me da lo mismo uno que otro: el mendigo, el recepcionista… tal vez una camarera con la que nos cruzamos antes… hay tantas cosas que se nos escapan que deberíamos desistir de exquisiteces biográficas, deberíamos mantener la pureza de acción como al principio... cuando empezamos…
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Ahora, todavía -después de unas cuantas veces- me cuesta aceptar a qué he venido (o por qué estoy en sus manos sin una estrategia para poder cortar con algo que ya se prolonga demasiado); ni siquiera tengo un método para prevenir los extraños excesos literarios de Saleta; para estar más atento a ese ‘Levante’ que surge de repente cuando se ensaña conmigo en plan viuda negra por estos antros decadentes…
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Sin embargo, siempre que me pasa la cita, siempre que oigo su voz al otro lado del móvil… ya nada puede impedir lo inevitable.
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Entonces, después de tentar a la suerte -cada vez en un hotel distinto-, le digo: «Sería mejor dejarlo ya. Hay material de sobra para llevarlo a algún sitio y publicarlo» Pero Saleta, absorta, gozando aún de la adrenalina, paga la cuenta como una autómata y se aleja por la acera dejando resbalar la hebilla de su gabardina por las ranuras desiguales de las baldosas más saltarinas. Ni siquiera sale corriendo, horrorizada por su conducta. Como un placer más, es consciente que tener todo trazado desde mucho antes también plantea un sinfín de rigideces. En eso estoy de acuerdo con ella; aunque ya sabemos por experiencia que, cuando el destino sale de sus raíles -furioso por sentir que le han cambiado el cauce-, suele hacerlo como una presa que estalla: inesperado, aleatorio, explosivo...
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La última vez que nos juntamos para continuar escribiendo “Hemorrealismo”, fue hace tres meses. Más o menos, esa es la frecuencia con la que me llama. Entonces, también llovía… Yo estaba, como ahora, esperando la primera frase de sus labios con los ojos fijos en la moqueta de la habitación de un hotel de Lisboa muy parecido a éste tan próximo a la Puerta del Sol. En aquella ocasión, ella miraba, o hacía que miraba por los cristales. Todo, más o menos lo mismo.
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Abajo, el mendigo de la entrada se estaba empapando junto a los cubos de basura de la puerta. Al fin, Saleta dijo escuetamente:
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─ Dile que suba.
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Y con esas tres palabras comencé otro capítulo.
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sábado, noviembre 08, 2008

Caminos que mueren en Atocha

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Todos los lunes por la tarde, a eso de las cinco y media, Saleta se sube a un taxi que coge en una localidad del sur de Madrid.

- Al jardín Botánico, por favor... deprisa.

A esas horas, la salida de los colegios convierte en un embudo las autovías de acceso; pero aún así no le queda otra opción si quiere llegar a tiempo a la cita. Ese lunes (precisamente, ese lunes), hay huelga de trenes.

- Déjeme aquí -dice a unos cien metros de Atocha, en medio del atasco.

Y sale tan trompicada del taxi, que está a punto de meterse bajo las ruedas de un autobús que pasa por su lado. En esta ocasión (a pesar de la prisa) se vuelve para ver la cara del conductor, porque si hay una cosa en el mundo que no soporta es que la insulten. Por eso, más de una vez, ha pateado -fuera de sí- carrocerías, puertas y llantas. Por eso... y porque lleva la rabia en la sangre desde que la vida la llevó a vivir lejos del mar.

Pero esta vez se controla. Tiene tan sólo el tiempo justo para echar a correr y llegar en cinco minutos, los que faltan para que cierren la verja.

Sin detenerse, desoyendo la voz del funcionario de uniforme, salta por encima del torno. Sus piernas vuelan. En el otoño lluvioso de la tarde los castaños de Indias y las secuoyas centenarias la ven pasar como una bala.

Mira a lo lejos: dos, tres, cuatro cruces de caminos entre parterres… Gira a la izquierda por el pasillo de las plantas aromáticas: tomillo, romero, cantueso…

Le falta el aliento…

- Dios… al fin llegas –le dice, nervioso, un individuo despeinado de unos cuarenta y tantos años.

- Lo siento, lo siento –repite ella disculpándose.

Tras un momento de incómodo silencio, el tipo le ofrece un cigarro. Los dos necesitan recuperarse. Después, Saleta desliza el sobre a ras del banco, hasta el borde del vaquero donde el muslo del hombre se junta con la piedra.

- ¿Está todo?

- Todo –responde inmediatamente.

A pesar de haber repetido esa escena cientos de veces, todavía no comprende este empeño ciego que tienen algunos hombres… estas ganas de ver su dolor reflejado en el espejo de un pozo negro cada vez más irreversible.

- ¿Dónde ha sido...? –pregunta él pasando con rapidez las fotos como cromos de fútbol repetidos.

- ¿Qué más da? –corta ella intentando aparentar la frialdad que siempre le falta.

- Parece el Parador de Toledo –susurra el tipo.

Temiendo que en mitad de aquel tobogán amargo su esfuerzo sea borrado y olvidado, Saleta inquiere con rapidez:

- ¿Y lo mío?

- Ya lo tienes en la cuenta que me pasaste. Tú no me fallas, yo no te fallo.

A Saleta le importa un pimiento quienes son estos hombres que llegan hasta ella dejando una voz acobardada en el contestador de su oficina. Pero como siempre, a la salida, cuando se cruza con las secuoyas y vuelve la cabeza, camina mucho más deprisa… como huyendo; más deprisa aún que aquella vez en la que tuvo que levantarse como un resorte para que un cliente (en medio de la desesperación) comprendiese que había puesto la mano donde nunca sería bien recibida.

Traspasados los tornos de la entrada, un recuerdo amargo la hace salir corriendo. Un pálpito -algo que le viene a la mente- le dice que ya no está para asistir a determinada clase de finales fatalmente intuidos.

Sin embargo, se detiene pasados unos metros. Luego va dejando resbalar la mano muerta por fuera de la verja en busca de aquellos ojos caídos que ha dejado fijos en las hojas del suelo. Le tiene pavor a esa expresión que ya conoce de otros casos. Con los años, sabe ya mucho de vidas cubiertas de líquenes que, como cipreses solitarios, se citan con ella por esos caminos botánicos que mueren en Atocha.

En esta ocasión, la intuición no le falla. El sonido inconfundible de un disparo la sobresalta al pie de la Cuesta Moyano.
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Sólo entonces se da cuenta que está cruzando con el semáforo en rojo.
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«Maldita manera de ganarse la vida», masculla apretando los dientes por entre los coches.
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domingo, octubre 26, 2008

Bajo el Viaducto


El Suicida no es un tugurio de Montmartre. Se trata tan sólo de una taberna antigua, bajo el Viaducto, en un rincón poco iluminado, a la vuelta de la Plaza de la Cruz Verde. Lo demás, lo que evoca, son meras coincidencias que convierten el local en un lugar escasamente frecuentado. Eso al menos pensé ante la puerta: un hueco negro y profundo, perfecto para un nombre tan tétrico.

La decoración tampoco ayudaba realmente. Media docena de losas de pizarra bailaban al pisarlas tras bajar los maltrechos peldaños carcomidos de la entrada. Contra las paredes había varios toneles abandonados y, por medio, como estorbando, cuatro mesas de mármol con alguna esquina partida sobresalían por encima de unos pocos cajones tirados por el suelo para servir de asiento a la luz de una bombilla solitaria. En la barra, el dueño -inclinado con el codo en la madera y la barbilla en la mano- parecía estar así desde siempre, exhalando, ajeno a todo, el denso aliento de los sótanos.

Achiqué los ojos ante la oscuridad, y en el silencio de aquel collage de mesas, cubas y cajones el corazón me pegó un salto (que pudo oírse fuera) al volver la vista al rincón de la izquierda. No había ninguna duda: ese rostro ceñudo y malencarado pertenecía a la persona que me estaba esperando. Sus ojos (mirándome fijamente) eran un mapa inequívoco en medio de aquella desconcertante cita. En un instante retuve dos o tres detalles de él: hombros arqueados como un buitre; el lazo de la pajarita luchando por ser alguien; unas gafas de carey, redondas; y esa gorra parecida a la que usaba Ibrahim Ferrer (Dios me perdone la comparación), que reposaba abandonada sobre la mesa.

No tuve que fingir ingenuidad durante mucho tiempo. Amablemente, pero con autoridad, atrajo mi atención haciéndome una seña. Los tres últimos pasos se me hicieron eternos y me recordaron a los tres últimos segundos que me separaron de la muerte cuando ya me iba a tirar al vacío por el Viaducto, y aquella policía de paisano forcejeó conmigo (inesperadamente), salvándome la vida de milagro.

- Siéntese, Chumpéter, siéntese -me dijo cuando ya estaba sentado.

Me pareció una frase hecha para dejar claro quién dirigiría a partir de ese momento la conversación. Tras esas primeras palabras, marcando el terreno, sacó una petaca de cuero y me ofreció un cigarro liado a mano.
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- ¿Cómo sabe mi nombre? -inquirí aceptando aquella mierda de principios del XX.

- La página de obituarios de El País tiene encargada una biografía suya desde hace más tiempo de lo que usted se imagina -me contestó con una voz que me recordó a Marlon Brando.

- Antes de seguir adelante -le corté-, me gustaría saber con quién hablo. Todavía no comprendo que hacía este anónimo en mi buzón –añadí rebuscando el maldito papel por mis bolsillos.

- Esa pregunta, Chumpéter, delata que eres un principiante. Precisamente por eso he venido a hablar contigo –comenzó a tutearme– No lo he hecho nunca, no creas. Pero, sí. En esta ocasión voy a decirte algo que puede resultarte clarificador. Para que sepas con quien estás hablando.

- Usted necesita alguien con quien hacerse el listo –decidí interrumpirle para frenar aquella actitud apabullante.

- No me hagas perder el tiempo con tonterías, chico. Si aún no estás metido en un maletero y esparcido en un descampado como cualquier escombro ha sido, únicamente, porque estoy harto de hacer lo mismo periódicamente.

Esas palabras fueron como si me hubieran metido cucharadas de silencio a la fuerza con la nariz tapada. Su voz, ahora ausente, se echaba más en falta. En una mesa cercana, dos individuos cadavéricos dejaban de fumar simultáneamente para llevarse a los labios unas copas llenas de un líquido transparente que sería orujo lo más seguro. Apenas hablaban. Un poco más allá, junto al mostrador, un tipo con estrabismo sobrevenido le susurraba algo al tabernero, que atendía ritualmente inclinado, tal y como lo vi la primera vez cuando entré.
Salvo esos siseos, El Suicida era un lugar tranquilo y silencioso.

Nuestras miradas –después de un pequeño descanso– habían vuelto a quedar enganchadas. Unos destellos de ironía brillaban ahora en sus mejillas al tiempo que hacía girar en círculos el dedo índice en torno al borde pegajoso de la copa. Me pregunté a qué aspecto del mundo le estaría dando cuerda.

- A ver si me entiendes -dijo tras arrancar un par de carraspeos- Tienes una oportunidad para hacer que parezca algo fortuito. A mí, la imaginación ya me escasea. Tú –que eres escritor– sabrás envolverte en una circunstancia confusa cuya causa quede en la sombra, sin un móvil concreto. Mi mujer no se lo explicará al principio; pero con el tiempo, la imagen que tiene de ti no saldrá mal parada: de eso estoy seguro. Como te dije, no es la primera vez. Es más, dada la diferencia de edad, y el haberte salvado la vida aquel día, me parece que le ha puesto al romance un morbo especial por su parte. Como si fueras el jovencito con quien satisfacer ese oculto deseo que toda mujer trae de serie, aunque con el freno de mano echado.

Giré la cabeza. Además de la oscuridad y el silencio, ahora se añadía una desagradable sensación de cansancio final, de agotamiento. Ahora lo comprendía todo. Hasta mí, llegó la mirada mate del dueño que, al otro lado de la barra, canturreaba algo dando definitivamente por invisible nuestra presencia.

- Piensa en lo que te he dicho, Chumpéter: mañana te quiero muerto como si fuera un accidente– dijo haciendo ademán de levantarse.

Intenté hacer lo mismo, decir algo; pero me detuvo con un gesto autoritario. Después, se puso en pie y dio unos pasos en torno a la mesa.

- Es mejor que esperes a que me haya ido –susurró como si se tratase de una confidencia– Unos amigos están pendientes de mi salida, y podrían interpretar mal que estuvieras demasiado cerca al llegar a la puerta.

A continuación me dedicó una leve inclinación de cabeza y se dirigió a las escaleras sorteando los cajones. Tras subir los peldaños desgastados, se detuvo un instante, miró a ambos lados de la calle y, tras agacharse para pasar bajo el dintel, desapareció ante mis ojos como un truco de magia.

Al intentar levantarme, las piernas no me sujetaron. Sólo entonces, cuando me recosté contra el tonel que tenía a mi espalda, fui consciente de aquella foto de Saleta que había quedado al descubierto sobre el mármol rajado de la mesa. Debía tenerla tapada esperando el instante de recoger la gorra para irse. En unos trazos a mano, a la vuelta, el muy cabrón había escrito: «Chumpéter, el Viaducto otra vez no: por favor»
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sábado, junio 07, 2008

EL ASUNTO

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Aquel día de febrero de 1969 la música de Paco Ibáñez (entonces, todo un desconocido) saltó a las ondas durante el recreo a través de los altavoces del patio del Pozo. Fue la última vez, no hubo más. Tras ese descanso, que para él no era tal, Lentiscal (así le conocíamos) asistió a las dos clases que le quedaban. Luego, salió con sus compañeros por el portón vetusto del instituto donde había estudiado el mismísimo Lope de Vega; y a eso de la una y algo del mediodía se despidió de todos en la esquina de Colegiata con Toledo. Se habría venido andando hasta Sol; pero esta vez dijo que tenía prisa, que cogería el metro en la estación de Tirso de Molina.

Sin embargo, algo sucedió cuando se quedó solo. Algo que le llevó a cambiar de idea y le hizo volver sobre sus pasos. En ese paréntesis -antes que llegaran los primeros alumnos del turno de tarde- recorrió mil veces las diagonales que se cruzan en el pozo de piedra donde, cada mañana, al llegar el recreo, bajaba para escuchar la fidelidad del sonido que él mismo difundía desde aquel cuarto pequeño que llamábamos “la emisora”. Nadie sabe qué recordó -o qué echó en falta- cuando, pasadas las taquillas, bajaba de dos en dos las escaleras camino del andén. Se habló, tal vez, de un papel comprometedor despeñado del bolsillo de atrás de los vaqueros donde también guardaba el paquete de Celtas cortos aplastados. Pero quién sabe... Lo cierto es que ya no le volvería a ver nadie. En el entorno mismo del claustro porticado, fue detenido. Allí, o por allí. O eso se dijo entonces. Que los bedeles que hoy podrían decir algo de lo que sucedió, callaron siempre -si es que sabían-, y luego murieron por la ley natural de la edad.

Algunos meses atrás, una inesperada casualidad me proporcionó el reencuentro con un compañero de clase; de aquella clase en concreto que no volvió a escuchar a Paco Ibáñez hasta que pasó el tiempo necesario para enterrar el dolor que nos traía su música. No hace falta decir que tampoco en esa ocasión hablamos de Lentiscal. Repasamos a otros, eso sí, y elegimos revivir el pasado apartando los recuerdos para sortear aquellos tristes días. Al despedirnos -casi se nos olvida- nos dimos el correo.

Le escribí una noche, un par de días después. Y cuando ya pensaba que no recibiría nada suyo, me llegó un texto corto y protocolario; sin título, como suelen ser estas comunicaciones electrónicas. El muy canalla apenas se había esforzado en poner gran cosa. Cuatro rutinas cutres: casado, dos hijos; uno, arquitecto; la otra, médica; un adosado en Villaviciosa. Y de su trabajo, un lacónico: “Estoy de comisario en San Blas”.

Al terminar de leer, mis ojos –como dos aves angustiadas buscando posarse- fueron a parar al “asunto”, ese espacio tan alargado que hay en la parte de arriba, y en el que, generalmente, siempre pasamos sin apenas fijarnos. Allí, una frase muy breve que no llegaba a la categoría de oración porque no tenía verbo, decía simplemente: "El patio del Pozo".

No he vuelto a escribirle. Nada significa lo mismo para nadie.

miércoles, mayo 14, 2008

ME AND BOBBY MCGEE

Pepe Codorníu llegó aquí -a la vez que las sacas del correo- aprovechando que la primavera había dejado atrás los temporales de invierno. Tenía su pasado, como todos los hombres; pero saltaba a la vista que estaba más descosido que los bajos de sus pantalones, así que mejor no preguntar. Al menos, eso exigían sus ojos; o eso leían los míos cuando nos cruzábamos ocasionalmente por los senderos que bordeaban las escarpadas paredes de granito de los acantilados. Qué más da si cuando nos vimos la primera vez, esos ojos me parecieron azules como el oxígeno del agua, o verdes como los viñedos de la Ribeira Sacra donde trabajé de maestra por vez primera. Pude equivocarme perfectamente en ese primer impacto, en esa sacudida inicial, y tal vez fueran grises, o marrones, o negros... Ya no vivo para correr tras los pigmentos de las almas, ni tampoco persigo la interpretación objetiva de las expresiones. Sé que este indiano tardío, además de un traje blanco de lino y un libro de Robert Musil (El hombre sin atributos) del que no se separaba jamás, era dueño de un baúl desvencijado y un estuche de mano de pipas de colección, casi todas de fabricación cubana. Eso me basta, aún hoy, cuando le recuerdo, para que siga aflorando la huella de la primera impresión que todavía me intranquiliza, y que me sugiere una respuesta sin pregunta, una sombra sin nadie, un recuerdo punzante... Sin embargo, a veces, con dos tilas, pienso que quizá, simplemente, se proyectasen en él cosas mías, restos amontonados de más de un naufragio, mezclados con la espuma batida de los años...

La primera vez que casi nos rozamos fue en el muelle, esperando de nuevo la barca del cartero como figuras de un recortable infantil pegadas en una cartulina... En aquella ocasión el aire venía cargado de salitre y azotaba racheado de mar a tierra, provocando un lagrimeo involuntario que resbalaba hacia las patillas por las comisuras de los ojos. Mi cuerpo temblaba ante los escandalosos aleteos de nuestras ropas, y no era miedo, sino algo más simple: temía que un revoltijo del azar nos acercase peligrosamente antes de tiempo, o nos aproximase incluso al borde mismo del muelle convirtiendo en anécdotas de poca importancia las dificultades y chillidos de las gaviotas para sostenerse contra el aire. Nuestras siluetas percibían claramente este riesgo, y así lo reflejaban en el agua a un palmo escaso de los bordes desgastados de las sillerías. Me gustaría haber hecho una foto ese día, así, tan involuntariamente juntos, ungidos nuestros reflejos a las fantasías arco iris del gasóleo.

Una atenta calma estuvo acunando ese primer contacto destinado a pasar de largo sin otro papel que el de ser un prólogo donde dejar marcados los primeros pasos de un son caribeño. Fue la primera vez, y eso fue todo: apenas un rápido intercambio de miradas al acercarnos a buscar el correo; y nada más. Sin embargo, un amasijo interno de reacciones contenidas convirtieron mi cuerpo en un avispero, y me dejaron pensando en muchas cosas: primero, en lo enorme que debe ser todo lo que no conocemos de nosotros mismos; luego, en lo inesperado que se puede desplegar en un abrir y cerrar de ojos; y por último, en la inmensa catarata del destino sinuoso que ruge, amenazador, sobre nuestras cabezas...

A partir de entonces nos fuimos tropezando a lo tonto, manejados por hilos invisibles. Una incierta mano nos hizo coincidir en los lugares más inesperados como si estuviésemos empeñados en cuadrar un horario con los movimientos del otro. Así pasaron tres semanas. Hasta que una vez nos chocamos físicamente en la puerta de la taberna por mero azar, como siempre, y esa aproximación de nuestros cuerpos señaló un referente claro para saber dónde nos buscaríamos al día siguiente; dónde podríamos seguir alimentando una tímida relación muda de palabras. Pero llena de miradas fugaces con las que jugamos durante unos cuantos días, tal vez diez como mucho. Hasta que él no quiso seguir y movió ficha…

Ningún hombre, de entre todos los que habitaban aquellas veinte casas, tendría, como tuvo, el desparpajo de sentarse a mi lado en la barra, por sorpresa, faltando pocos minutos para que sonara ‘Me and Bobby McGee’, una ejecución de Janis Joplin que el tabernero ponía siempre a la misma hora, las doce menos cuatro minutos, para que acabase justo con la medianoche. En ese momento –ya digo– apareció junto a mí, surgiendo por detrás de la nada, y haciendo saltar por los aires, con su conducta, lo aleatorio descaradamente. Como era de esperar, las miradas de los pescadores se clavaron en mi espalda, y los secretos personales de cada cual saltaron como chispas paralizando las partidas de cartas.

Ese día, mejor dicho, esa noche, antes de perder los raíles, arrastró un taburete muy cerca de donde yo estaba, y oí su voz dirigiéndose a mí por vez primera. Fue algo que pudo ser simplemente una fantasía inducida por un deseo más, si no fuese por ese olor a sales de La Toja tan real, tan penetrante. A aquella expresión suya, que dejaba entrever junto a un oculto deseo primordial, su correspondiente afán buceando a trompicones por debajo del tono de la música, le venía al pelo la azulada luz mortecina de las parrillas para insectos que colgaban del techo. Sin embargo su voz, indecisa y titubeante, era impropia de un local donde fondean almas que recorren largos y desconocidos caminos. Aunque, reconozco que su descuidada vocalización le daba el punto justo para dejar resbalar las palabras hacia el límite de la seducción.

─ ¿Me da fuego? ─ me dijo.

Se me ocurre que podía haber contestado: «Estaba pensando, disculpe», Pero, en mi mano, sin saber cómo, la llama de un mechero de esos que ruedan sobre los mostradores, se acercó (por toda respuesta) a un rostro que sostenía, apretado, un farias que podía ser de La Coruña, de aquella singular fábrica de tabacos de la posguerra. Fue sólo un par de segundos. Un tiempo muy escaso como para retener algo de sus ojos, de sus manos, de su boca... Tan sólo quedó en mí la huella del salitre disuelto en su particular sudor de finales de mayo... pero no me dio tiempo a más.

─ Correr tras otras cosas no vale la pena... ─escuché que susurraba, al tiempo que levantaba el vaso y hacía tintinear los cubitos de hielo.

En ese momento podía sonar cualquier tema; pero sonaba ‘Chan chan’ de Compay Segundo y, en la penumbra del local, entre el humo, parecían repetirse sin parar los ecos de aquellos breves vocablos que acababan de articular sus labios.

─ No me haga caso... ─corrigió enseguida─, es una frase de Adriano, el emperador… que igual ni es suya.


Justo entonces, la temperatura de mi cuerpo captó su cercanía, el cálido e inconfundible aliento del Havana, y el roce suave, muy suave, de sus dedos huesudos en mi hombro...

─ Hay un mar que, en noches como ésta, arrastra montones de piedras y las sube una y otra vez sobre la orilla... A la Luna le encantan estos sonidos roncos... Venga, acompáñeme, no tema...

Esa noche conocí (quizá no sea ésta la palabra más precisa dado que sugiere equívocos) a Pepe Codorníu, un hombre del que nunca llegué a saber nada esencial. Y que ni siquiera alcanzó a ser un enredo de las cometas del destino. Como mucho fue cosa de los vientos de estos mares que se ahogan en las criptas de los acantilados según llegan de América. Tal vez su vida fuese algo tan sencillo de explicar como la química que guió aquel paseo silencioso, a cuya vuelta pasamos de largo por delante de la taberna sin fijarnos en ella, como si se tratase de un local totalmente desconocido para ambos... Pero me temo que no.

Cuando amaneció, los dos sabíamos que sería un error forzar más la singladura. Nuestros caminos se habían cruzado un instante, lo justo para certificar de sobra que yo no era la persona que él estaba esperando... Pude verlo en sus ojos... Los míos estuvieron a punto de despeñar dos lágrimas. Otra canción resonaba en su mente. La podía oír como iniciaba en otra parte –muy lejos– sus primeros compases.

(Poco a poco los azules van entrando en la casa: azules que se extienden rellenando espacios y fondos por entre todas las formas emergentes del alba. Pepe, coge la cerámica que me traje de Niñodaguía entre sus manos y hace intención de apagar la vela interior como si fuese la señal que cierra un encuentro. Sin embargo, falla al primer soplo, queda pensativo, y algo le hace cambiar de idea... Esta vez, sí: se da la vuelta y su mirada se cruza con la mía. Nuestros ojos se anclan. Sonríe... se aproxima con timidez... y me acerca la luz: «Sopla tú», me dice... «No puedo con esta realidad simbólica». La sombra que permanentemente asediaba su mirada va ganando terreno... Sé que tengo que hacerlo. Es un hecho que Pepe admira la simpleza de este paisaje y de esta gente, pero él no es simple. Igual le ocurría al joven Werther cuando fue a lo mismo a Wahlheim. Cierro los ojos, y soplo. A partir de ese momento ya no sé cuando se marcha. Desde la penumbra del rincón, mi mano pequeña se queda acariciando los bordes recortados del tapete de Camariñas mientras amanece)

Saleta.

miércoles, diciembre 19, 2007

"SALETA . Se alquila faro a la orilla del mar"

Conocí a Saleta un día de julio de 1990 de fácil recuerdo porque fue la fecha oficial en que las monedas de las dos Alemanias se unieron. A la mayor parte de los alemanes orientales se les permitió equiparar 4.000 marcos de los suyos a los marcos occidentales, y canjear el resto a un cambio de dos por uno. Al menos eso decía el periódico que iba leyendo en el taxi al salir del aeropuerto de Santiago, camino del hotel, bajo la fina lluvia.

Me disponía a cumplir un sueño que llevaba tiempo persiguiendo: iba a alquilar un antiguo faro a la orilla del mar, de esos que dejaron de funcionar en los años ochenta, y que habían sido reconvertidos en casas rurales con encanto. Sin embargo, todavía tenía un pequeño problema: no veía la forma de entrar en contacto con el medio ni conocía a nadie en esta ciudad que hiciera esa gestión que yo no podía hacer desde Madrid. Tras unas semanas dando palos de ciego, me agarré a lo único que tenía: aquel anuncio que alguien había puesto en La Voz de Galicia.

Una voz lejana de mujer contestó al otro lado del aparato en la cabina telefónica. En Santiago está todo tan a mano que, diez minutos después, esa misma voz, me saludó al abrir la puerta de su casa. Tendría cerca de cuarenta años, facciones armoniosas, alguna arruga ya, y unos ojos de ardilla recién llegada al suelo. Con un amable gesto de cabeza, me invitó a pasar a un amplio recibidor, separado del resto de la casa por unos cortinajes muy clásicos de terciopelo rojo, recogidos a los lados por un grueso cordón del mismo tono. Vengo por lo del faro, dije. Su mano apartó el arco de la cortina, y me avisó: Cuidado, no tropiece.

No hablamos mucho, tan sólo quedamos. A la mañana siguiente me estaba esperando a la puerta del hotel en un Tuareg azul oscuro con el que, en poco más de quince minutos, llegamos junto al mar. Allí, al abrigo de un acantilado, salpicado de actividades previas, bullía un pequeño puerto en fiestas. Dos pulperas, una bastante mayor y de luto, y la otra más joven y alegre, se afanaban preparando los calderos de cobre, los platos de madera, la sal gorda... Ésta última, la joven, miraba de reojo al solista de la orquesta, un joven que ensayaba de paisano sobre un palco levantado de manera provisional de espaldas a la lonja. Las camionetas de los feriantes, en medio del ajetreo, hacían cola descargando género y bebidas. Era una imagen coral de la que me hubiera gustado disfrutar, pero no pudo ser. Saleta se pasó los dedos por la frente, de izquierda a derecha, tres veces. Y frunciendo el ceño exclamó: Me han caído un par de gotas, ¿a usted no?

Fui consciente de lo que llovía cuando ya estábamos refugiados en un mostrador con toldo, pegado al palco de la música. Las bocinas de las embarcaciones se alternaban con los chillidos de las gaviotas, que llegaban hasta allí desde el embarcadero cercano. Nos levantamos de aquellos bancos de madera cuando atardecía. Habíamos dado buena cuenta de dos botellas de albariño, y fuimos caminando hasta el coche estorbándonos mutuamente al andar. Al llegar, dijo: Esta noche, la verbena no va a valer nada. Y me pasó la mano por el hombro, enseñándome la palma empapada para reforzar lo que había dicho. Entonces la miré. No, no se había puesto la capucha, y su pelo brillaba ensortijado en caprichosos bucles.

Abrió el coche sin prisa. Cuando se sentó al volante me pareció escuchar: No me gusta conducir sin luz... Pero el caso es que quitó el freno de mano, sacó la marcha y arrancó el motor. Algo que no terminaba de vocalizar bien, comenzó a vibrar en sus labios cuando le recordé que aún no me había enseñado el faro. De sus pupilas se descolgó una sonrisa muy suave cuando tiró del freno de mano y apagó el encendido. Fue todo muy rápido e inesperado. La lluvia pellizcaba los cristales empañados y ocultaba nuestros cuerpos desnudos de algún que otro grupo de borrachos que pasaba por nuestro lado.

Cuando terminamos observé que tenía tatuado el símbolo de un faro en la parte alta del muslo, cerca de la cadera. Y tras un silencio, añadió: Es mejor que nos separemos; esta noche llueve, está oscuro y peligroso… además he bebido. Y concluyó muy seria: Ahora, que ya has alquilado el faro, sólo falta que pagues.

Volví solo a Santiago. En la radio del taxi se cogía con dificultad una emisora portuguesa. Al llegar al hotel, su mirada de ardilla todavía me sonreía bajando de algún árbol.




Páginas de mar

Esta mañana, cuando me subí a la mesa metálica de mi trabajo, mi alegría era tal que ya no me era posible distinguir los tableteos del ordenador de mi compañero del repicar del temporal en los cristales. Sin dudarlo, comencé a patear de placer el calendario, la grapadora, el cenicero, el tampón, la verbena de sellos, el bote de bolígrafos... me parece innecesario seguir, describir cómo quedó el suelo.

En ese momento, mi mente repasaba un largo recorrido: había sacrificado toda mi juventud –la mayor de las fortunas, ahora lo sé– atendiendo la ventanilla de esta pequeña agencia bancaria: un escondite en lo más profundo de esta costa brumosa de difícil acceso y feroces acantilados, a cuyos ventanales –en los raros días soleados– únicamente se asomaban las miradas desenfocadas y distraídas de las gaviotas y los moñudos cormoranes.

Mi traslado voluntario hasta aquí fue fruto de un delirio lentamente trenzado para esconderme de mí mismo y poder juntar mi vida a la de bebedores ajenos a su muerte, marineros atrapados por los naipes, o tipos tan introvertidos o más que yo, que pudiesen acompañarme a meter páginas de mar dentro de botellas veladas por el vaho exhalado en mitad de la bruma, antes de poner el tapón de la muerte con firmeza.

Es cierto que tuve que aparcar algunos momentos mágicos, perderme otras cosas a cambio… La más añorada: ese ramo de contradicciones agridulces, que intenta mezclarse en la boca con la saliva ajena, que tampoco cura –por otra parte– y que ya casi no recuerdo.

Pero este “subidón” que me dio hoy lo compensa todo. De hecho ocupó mis noches durante mucho tiempo en forma de sueño, y me fue siguiendo -para guiarme por el día- como la nube bíblica de los israelitas.

Y es que, en este sitio tan oculto y alejado donde es inútil esperar un puente, una salida, una mano… ¡al fin he conseguido acabar la lectura del Ulises de Joyce!

La cocinera de ojos color café

Después de lo que me costó decírselo, me sentí con méritos para dejarme caer a plomo contra los respaldos de la pared y cerrar los ojos con fuerza durante unos minutos que se me hicieron siglos.

Hubiera necesitado más tiempo del que tuve, pero la conciencia no me dejó. Se sublevó en medio de un temblor desbocado, empujándome desde dentro; exigiéndome que buscase una frase sincera, sin disculpas…

Contra todos los tópicos que se dicen de un sudamericano, sólo un fulgor extraño en su pupila desentonaba con la serenidad aparente de su rostro. No era un hombre violento. Sabía que, sin demora, sin una palabra de reproche, comenzaría a despedirse de aquel lugar, de mí, de todos…

No me puse en pie cuando se levantó. Aunque éramos compañeros, yo era el camarero más antiguo, el encargado; y continué sentado, en silencio, sin alzar los ojos de aquellas vetas familiares que mi dedo repasaba –desorientado– por la superficie del mármol.

Cuando volví a mirar, él estaba llegando a los servicios. Pensé que entraría allí, sencillamente, para llorar de rabia.

Al cabo de un rato, salió despacio, vestido de calle, con el uniforme doblado sobre el brazo, y un aire cabizbajo… como si algo le tuviera cautivo. Al cruzar por el medio del local, su figura fue reflejándose de uno en uno por todos los espejos que había encima de los asientos de terciopelo rojo de las mesas circundantes. Siempre acompañándole: esa actitud recelosa, cauta, de hombre bueno.

Antes de salir, se volvió. Sus ojos desencolados me buscaron desde la entrada principal de la cafetería. Un dolor indirecto, rebotado, llegó hasta mí sorteando las picaduras del azogue. Fueron unos segundos. Luego él siguió de largo, deslizando la mano con la palma extendida boca abajo por todo el mostrador, acariciándolo… incluso haciendo ademán de abrazarse a uno de los camareros de la barra antes de caer al suelo.

Su mujer, la cocinera de ojos color café, llegó precipitadamente y se arrodilló junto al cuerpo. “Ha muerto sin saberlo”, me dijo en un rincón cuando el Samur certificó el infarto. Y añadió con ese acento suyo: “Nunca tuve valor para contarle…”

Tampoco yo me atreví a hablarle a ella de la conversación de aquella tarde entre nosotros. Esa noche, quizá por sus propios remordimientos, los espejos se quedaron vacíos mucho antes.

"Minor swing"

En aquellos momentos, mientras Eva colocaba ceremoniosamente la bala en el tambor y removía, con el pie, unos pedruscos donde ocultar la pistola, la mirada se me perdía a lo lejos, al puente minúsculo y lejano que cruzaba la carretera de Toledo entre el horizonte y nosotros. Para acortar la espera, seguía con la vista a alguna persona que pasaba por encima, a contraluz de los destellos anaranjados que el sol tardío arrancaba de los tejados. También me entretenía contando los solitarios brotes de matorral, esparcidos en aquel descampado por la terca mano de la naturaleza en su búsqueda de equilibrios inverosímiles. Incluso al otro lado de la pequeña tapia que separaba lo que fueron unas antiguas casas de labranza, incluso allí, habían salido lentiscos entre los escombros asolados.

Cuando vi que Eva había terminado de colocar las últimas piedras, apagué la cámara de vídeo. Fue un encuadre muy especial éste último, y así se lo hice saber al llegar a su lado. Mi reflexión motivó en ella una amarga sonrisa, y volvió la cabeza despacio. Las posibles preguntas sobre aquel gesto eran tan subjetivas que me las guardé para mí; aunque no dejaba de darle vueltas a todo mientras bajábamos por el sendero.

En el coche, se puso a repasar una vez más el relato. Parecía querer esconder a mis ojos alguna nostalgia; aunque quizá fue tan sólo un destello muy rápido arrancado por los cada vez más inclinados rayos de sol. Lo que fuera, me hacía conducir despacio, tranquilo, ensimismado; aún teníamos tiempo para tomar un café a pocos metros del Centro de Poesía y ajustar los últimos detalles.

─ Este edificio tiene algo de taurino ─dijo tras unos instantes de enigmática observación desde la ventana de la cafetería.

Hablaba para ella, como casi siempre. Entre nosotros, las palabras apenas se buscaban. Tampoco era el momento de bucear en nuestra pareja para saber qué movía a Eva a escribir todo aquello y por qué aceptaba yo pagar un precio tan alto para encontrar una salida. Ya no quedaba tiempo de análisis sesudos. Además: estaban todos hechos. Cada uno, a nuestro modo, saboreábamos esas últimas pisadas, mientras cruzábamos al otro lado de la calle.

En la puerta del taller nos separamos. Dentro, en el extremo más alejado de la mesa, alguien leía en voz alta algo referente a la diosa Kali. Cuando le tocó a Eva, dejé de deambular por el pasillo y me detuve escuchando. Esa obsesión por presentar el relato no era una más de sus excentricidades; en realidad, según ella, se trataba de dejar por escrito una prueba que evitase molestas sospechas para el que sobreviviera de los dos.

Cinco minutos después, sonó Minor swing, la sintonía de su móvil. Era yo, que le hacía una llamada perdida: la señal para que saliera. Con las luces del coche apagadas y los ojos cerrados, esperaba un resquicio, una contradicción; algún detalle incoherente percibido únicamente por almas que recorren largos y desconocidos caminos en los libros. Tal vez alguien que sospechase...

─ ¿Crees que ha podido parecer mentira lo que he leído? ─dijo nada
más abrir la portezuela.

Su pregunta retórica no esperaba respuesta alguna. Más bien la contenía.

─ Babear tras la fantasía no vale la pena... alguien debería darse cuenta ─escuché que añadía, contestándose a sí misma, mientras sus ojos refulgían como brasas.

Cuando unos meses antes Eva se había apuntado en el Taller de Relato, el puente para que nuestros caminos cambiasen de orilla parecía dibujado ya en los planos de aquel pequeño rincón del mundo. Sólo faltaba –para atreverse y cruzarlo– tener una mente como la suya, determinada a leer sus papeles allí, en el taller, antes de volver al descampado.

Reconozco que, en aquel momento, nuestra pareja estaba en un atolladero. Pasados cinco años, ninguno de los dos habíamos podido dar el paso de separarnos. Nos atenazaba un pánico atroz a vivir sin los niños, a dejar la casa, a renunciar a las comodidades adquiridas con los años. Ninguno quería comenzar de nuevo otro modo de vida con la mitad del sueldo, el mío… En fin; hipotecas aparte, la lista de inconvenientes era larga.

Tengo que decir que yo dudé mucho. Ni siquiera ante la mera lectura del relato que me presentó, pude adoptar esa temeridad que me pedía: algo que reconozco para otros hombres con infancias más desprotegidas; para tipos de la calle, por ejemplo. Pero no para mí, que todavía soy capaz de arrancar suspiros a mi alma con la lectura de los poemas del Monte Frío.

─ No lo leas, Eva─ le había rogado quince minutos antes, en la cafetería.

En ese momento me di cuenta que hacía mucho tiempo que no le suplicaba. Ya había aprendido que era inútil hacerlo; así que intenté convencerla de que la parte final había quedado confusa, inconcreta. Tampoco daría resultado, pero…
─ Un desenlace descuidado y poco creíble ─dije─ Yo no me veo acabando así, de esa manera tan estúpidamente incierta. Fíjate que no has sido capaz ni siquiera de poder escribir quién de los dos…

No pude terminar, pero daba igual: ella no me escuchaba… ya era tarde… ya no servía de nada. La temperatura de sus labios febriles, su cercanía; el roce suave, muy suave, de sus dedos en mi nuca cuando llegásemos al descampado… todo, todo, estaba descrito minuciosamente en aquellas páginas que se había tomado absolutamente en serio.

Por motivos de seguridad, aparte de su nombre no llegaré a detallar nada más; ni tampoco por qué se enredó su cometa con la mía en aquella ruleta rusa con una sola bala... Incluso negaré que se tratase de un enredo de las cometas: sería mucho decir a favor de los vientos que penetran por estos callejones de chaléts adosados, incapaces de acercarse tanto a las sienes de un hombre.

En cuanto subió al coche, tardé poco en encender el motor y arrancar. Mientras salíamos de allí, nuestras gargantas apenas cruzaron secos monosílabos. La escena, en su conjunto, permitía –a pesar del realismo irreversible– una observación más de nuestra patética incomunicación: Eva, en el asiento de al lado, se dejaba llevar absorta, insertando palabras a gran velocidad en la pantalla iluminada de su móvil.

De reojo vi como disfrutaba, cómo era capaz de escribir en cualquier parte; cómo manejaba esas odiosas abreviaturas, feliz de completar cadenas de palabras mutiladas. Al darse cuenta que la observaba, comenzó a leer directamente del Siemens: “No sólo truena el mar, que arrastra montones de piedras en los ocultos y abrigados concheros del Cantábrico… también hay, bajo los destinos de las mujeres más comunes, un mar exhausto que naufraga suavemente por entre los cantos rodados de su pecho y los cuarzos malheridos de su corazón…”

Desistí de hacer comentario alguno. “Mejor seguir soñando que la vida continúa un poco más”, pensé mientras me dejaba mecer por los delicados chapoteos de la música de Wallflowers... Sabía que aún tenía margen hasta que llegásemos al descampado del relato.

Cuando pasamos por delante de nuestra casa y salimos a la carretera de Toledo, ella todavía leía en voz alta. Era la única forma de no acordarse de los niños… ni que uno de los dos iba hacia una muerte segura.

sábado, enero 06, 2007

Adiós, Chumpéter

El viento le trajo del puerto el pasodoble Amparito Roca, y con él volvió al presente. Al cabo de un tiempo infinito, abrió de nuevo la portezuela, salió lentamente del coche y entró en el faro llevando aquella carpeta bajo el brazo. La habitación principal con la galería sobre el mar estaba en penumbra con los gruesos cortinajes cegando los ventanales. Tanteó la pared con dedos temblorosos. Dio la luz. Le pareció más vacía, más ajena y mucho más inhóspita. Incluso sus cosas tenían aspecto de ser de otros. En la mesa, junto al ordenador, dejó el montón de folios que había leído dentro del coche cuando se decidió a abrir la carpeta de gomas. Las piernas no le sostenían, y tuvo que sentarse en el suelo dejándose escurrir con los ojos empozados desde los más profundo. Sentía como la espalda, recostada contra la pared, intentaba, inútilmente, atraer su atención con el dolor procedente de los picos de loro de sus vértebras deformadas. Sin embargo, dentro de él, nada ni nadie estaba para atender quejas de ese tipo; porque el tiempo se había detenido entre sus dedos, donde aún temblaba una breve nota que Saleta había escrito: "No me quedo. Cuando leas estos folios lo entenderás todo, que me comprendas es otra cosa. Hasta aquí he vivido de escribir las vidas de otros. Al menos, como yo las imagino. No quieras saber de dónde me viene esto. Guarda los papeles que te dejo en la carpeta, será lo último que escriba. Si te reconoces, es tuyo... yo así te he visto. Si te preguntas por qué doy por terminada nuestra correspondencia de esta forma, te contestaré con unas preguntas que ya no puedes responderme: ¿Por qué buscaste este rincón, y por qué trataste de olvidarte de todo entre las gentes comunes? ¿Acaso no era ese mi trabajo, mis preciosos esfuerzos? ¿Por qué me has obligado a desdoblarme hasta este punto? Déjalo, no lo sabes. Te pido un favor… de verdad de verdad, el último: ponle un título a esto y déjalo ahí, en el faro. Ah, y decide si te pertenece. Yo, en el fondo... ya no me siento dueña de nada"


(No puedo decir en qué momento Chumpéter se decidirá a salir. Desde la puerta del faro mirará los dos azules con los ojos enrojecidos y profundamente hundidos en los cuencos. Y esos ojos, tan acostumbrados a leer en la soledad de los gráficos, agradecerán la palma de la mano sobre la frente a modo de visera. Aunque después se girará contra el sol, mirará el reloj, y también a lo lejos, al puerto; e imaginará la plaza hasta los topes... Y por una vez, no estará lloviendo)
Saleta, "El último post"

sábado, diciembre 23, 2006

Quisiera tropezar

Saleta no estaba en el coche. Chumpéter se asomó, por encima del murete, al patio donde el viento removía las hojas de los laureles, extrañado. Una rápida ojeada le devolvió la angustia de ser un hombre anónimo y sintió cómo se encogía su garganta. Rodeó el faro por un lado y por el otro, por si había buscado el abrigo en alguna de sus paredes. Saleta, la llamó, Saleta. Miró a lo lejos, hacia la carretera, hacia el pueblo, hacia la playa; también hacia las dunas... Las puertas del faro, sólidas y firmes, seguían como las había dejado cuando, poco después de amanecer, había salido a recorrer la inmensa playa. Volvió al coche. Estaba como nuevo, olía a pintura reciente, y su azul mostraba el brillo encerado propio de las protecciones detallistas de los hombres del mar. Probó una portezuela. Se encontraba abierta. Se asomó: nada en los asientos, tan sólo una carpeta azul de gomas. Sin saber por qué se sentó al volante y se recostó contra el cabezal. Con los ojos cerrados vio pasar una tira dolorosa de imágenes, de esquemas repetidos, de antiguas cicatrices que tensaban nuevamente sus orillas cosidas... Quisiera tropezar en algo nuevo, decía su corazón; que mi nueva conciencia quedase disponible para la culpa que acompaña a los errores del inicio, que quedara convencida de que todo sucede por algo; pero por algo que completase el puzzle de las casualidades, algo que las hiciera casar, que disipara la perplejidad; un milagro que me situase sin demora al pie de la cascada de la vida, embriagado de nuevo, dejando que la magia de lo absurdo se enredase entre mis manos abiertas –sin fijarse en mi edad- y trepase con esperanza mis brazos estirados...
Saleta, la garganta encogida.

viernes, diciembre 22, 2006

Tres vueltas a la iglesia

La mañana del día de la fiesta Chumpéter regresó de hacer los nueve kilómetros de playa con la mochila a la espalda. Guardaba un par de deportivas que nunca utilizaba, un chubasquero, una manzana, un paquete de pañuelos de papel, y cosas de esas… A lo lejos, las aureolas difuminadas de las luces de colores apenas lograban traspasar la bruma que envolvía el puerto. Hasta donde estaba llegaban trozos de canciones, melodías entrecortadas por los ensayos, y pitidos desagradables a consecuencia de los ajustes de la mesa de mezclas. Cuando estalló el primer cohete, miró el reloj. Había andado mucho, pero aún estaba lejos de Almiya. La señal indicaba que faltaban quince minutos para el comienzo de la misa. Se hacía tarde. Por las dunas, un sendero medio borrado se separaba de la orilla en dirección al faro. Se puso a andar a buen paso: pensaba darse una ducha caliente, arreglarse y acercarse a la plaza a la sesión vermut. Por nada del mundo se perdería la pequeña procesión (tres vueltas a la iglesia hasta completar la letanía en latín) que sacaba en andas a la Saleta, la patrona del pueblo.


Entretenido por esos pensamientos había llegado hasta la última duna de arena, la más grande, un gigante natural que ocultaba de su vista la base del faro. Arriba, cuando terminó la subida, acusaba el cansancio en las piernas por la falta de ejercicio de los últimos meses. Levantó la cabeza un momento y se detuvo para recuperarse. Entonces vio aquella forma familiar, y el corazón le pegó un salto: el dos caballos de color azul claro parecía estar esperándole a pocos metros de la entrada.


Bajó la duna como loco. Rodó con la sonrisa floja de quién camina solo, sin más espejo que la propia percepción de sí mismo; y luego, se fue acercando despacio, más calmado, pensando lo que iba a decir, imaginando lo que Saleta le iba a contestar; o no, quizá primero hablase ella, hola, vaya fiestas, ya sé lo de los gráficos, diría. Ya ves, no sé por qué acepté, fue un riesgo, una locura, contestaría Chumpéter. Y ella: Estoy viviendo en Santiago, ya te dije en la carta, y preguntaría: ¿La recibirías, no?


Me he acercado... por las fiestas. Bueno... y también para verte...

Mejor me arreglo rápido -diría Chumpéter azorado del todo- y vamos hacia el puerto. Algo me decía que vendrías hoy... a veces me pasa... que me lo dicen los gráficos, bromearía...
Saleta, intentando regresar




sábado, noviembre 25, 2006

Es el destino quien siempre decide

Hay rincones de nuestro interior que se ocultan un día para ser descubiertos mucho más adelante y sorprendernos, rompernos los esquemas, y poner patas arriba todo lo que pensamos que somos. Quizá ventear, una expresión para animales, no estuviese muy lejos de ser un verbo parecido a lo que comenzaba a destaparse dentro de mí y me hacía saltar por las crestas de la desesperación, siguiendo en paralelo la trayectoria de aquel frustrado keynesiano al que había alquilado Almiya, mi faro.


Con la última carta de Chumpéter comencé a presentir que volveríamos a vernos, por mucho que yo me resistiera a contestarle, a dar señales de vida, o a dejarme mecer por los cantos de sirena de una apacible soledad. Con lo que me contó de aquella noche supe algo más de su naturaleza mortal y también, de paso, de la mía. Aquellos renglones dejaban entrever que vivió unas horas en las que se sintió especialmente frágil, algo que nunca diría; pero que zigzagueaba como un hilván por el reborde de sus descripciones: “La muchedumbre, que se agolpaba en la plaza entre los dos palcos, iba y venía rebotando como el oleaje contra el antiguo rompeolas del puerto. Por una vez no llovía. Al bajarme del coche había cogido por el brazo a Santiso, y llevándomelo a un rincón del embarcadero, escaleras abajo, donde el agua nos daba en los zapatos una vez sí y otra también, le dije: Seguid vosotros, este derroche me desborda... me deja sin aliento. Incluso me siento, en parte, culpable”


Esa noche, huyendo de las amargas hieles del desasosiego, me contó que se refugió en el faro para echar anclajes. Me contó también que estaba cansado, que el día había sido muy largo entre unas cosas y otras, y que cayó en la cama arrullado por la resaca del oleaje que entraba por la ventana abierta. En su carta decía que cerró los ojos en busca de una base donde parar su descenso en picado, pero que su mente sólo encontró el tatuaje de mi cadera, y tuvo que salir a dar largos paseos por la playa hasta que el frío le hizo tiritar y la conciencia corporal le trajo de nuevo al presente. También me contó que una hora después, de vuelta al faro, intentó enfrascarse una vez más con los gráficos y con un cálculo matricial de Leontief que en otras ocasiones le había dado resultado; pero que esta vez no fue así: al poco rato estaba más intranquilo aún, y decidió volver a la orilla, dispuesto a agotarse por las dunas definitivamente.


Así estuvo entrando y saliendo del faro, preso de una quimera desquiciante de la que únicamente pudo descansar cuando se rindió. Cuando aceptó que un ángulo llano y oscuro se abría aquella noche desde un horizonte invisible y lejano; cuando intuyó que desde allí llegaban hasta nosotros –por un camino desconocido e inesperado– un montón de serpentinas de colores lanzadas al azar sobre la orilla.


Y me acababa diciendo: “Entonces, como si me hubiera perdido, deambulé por las dunas hasta el amanecer bajo la mirada curiosa de la luna inmensa. Ella fue quien me dijo que dejase este fardo en el suelo, que hay cosas que no son de uno: que es el destino quien siempre decide por nosotros. Que el espejo está limpio desde su origen; o mejor… que jamás hubo espejo”


Saleta, venteando.

viernes, noviembre 17, 2006

La telaraña del destino

No sé si escribirte más, comenzaba Chumpéter. A veces pienso que olvidarnos mutuamente por completo, sería lo lógico y normal; olvidar incluso tus sentencias ingeniosas, tus precisos diagnósticos de lo nuestro; tu facilidad para la paradoja. Se han cruzado las paralelas, me dijiste aquella noche en el coche. Yo al principio no sabía por qué decías eso… ahora ya sí. Al fin y al cabo, mi alma ya se ha llenado de agua salada durante todo este tiempo, y nuestros espejos -que fueron colocados al azar uno frente al otro para que reflejasen su propio vacío- se nos han ido empañando entre estos paisajes enhebrados por el atardecer, sin que podamos hacer nada para evitar quedar atrapados en la misteriosa telaraña del destino. No obstante, las cosas por aquí intentan escapar sin éxito de ella -tal es su sustancia inevitable- y siguen brincando alocadas como un corcho en un torrente de montaña: yo, entre ellas. Y como la telaraña resiste, mientras sea así te sigo contando los avatares de esta montaña rusa; aunque no sé si sigues leyendo todas mis cartas… que espero que sí.

La última vez te contaba que la jugada de los gráficos me salió redonda... no sé si para bien, o qué… el tiempo dirá. Al día siguiente de ver la cuenta corriente reventando de euros gracias a aquellas inversiones bursátiles, los de la Comisión nos fuimos a Santiago a hacer el primer pago de los fuegos artificiales y encargar más pólvora para tirar desde las barcas, allá en mar adentro. Pero como la obra del templete ya era algo tangible y terminado, y el dinero parecía quemarnos en la cuenta, decidimos pasarnos también a pagar esa deuda después de comer. Por cierto: estuvimos comiendo en El Asesino; yo, mirando la puerta… por si aparecías.

Pero volviendo al templete: los que hicieron la obra -una empresa ubicada en las proximidades de la Alameda- se llevaron esa tarde doce mil euros de golpe; una pasada que el tabernero quiso pagar con los ojos cerrados, mientras Santiso y yo seguíamos presenciando aquel derroche totalmente alelados, prácticamente en trance (Saleta: no me imagino tu cara según me estás leyendo… no te imagines tú la mía, para que toda esta locura no salga en los espejos)

Recuerdo que regresamos a casa anocheciendo. Habíamos anotado con nuestros labios más de una copa de orujo; más de un mostrador de la Rúa del Franco, sujetó nuestro codo; y más de una vez y de dos, tuvimos que apoyarnos en las columnas de los soportales para recobrar el resuello perdido. En el coche cantamos de todo, sobre todo “Un andar miudiño”. Esa la cantamos más de seis u ocho veces, la última entrando en el puerto. Allí, el resplandor nos pilló por sorpresa y callamos de pronto: aquel espectáculo se alargaba más y más buscando el horizonte en todas direcciones. En nuestra ausencia, los adornos, las estrellitas, las bombillas de colores y un sin fin de banalidades, se habían ido colgando por los lugares más recónditos, después de engalanar a destajo hasta el más olvidado callejón. Los acantilados, a ambos lados de la bocana, trenzaban caminos que subían y bajaban en zigzag, hilvanando en la noche una demencial procesión de luces de colores que parecía continuar por los mástiles de todos los barcos de pesca, por las dunas lejanas, por los islotes frente por frente al puerto, por nuestro faro…

Mudos y boquiabiertos, aparcamos a medianoche como si fuera de día al borde mismo de las sillerías del muelle. A punto estuvimos de meter la rueda delantera en el peligroso filo de las escaleras que bajaban al agua. Nos bajamos, miramos a todas partes, el gentío era inmenso. Aquello era lo más parecido a un embarcadero del Mississipi en sus buenos tiempos. No faltaba nadie, ni grande ni chico, ni enfermo, ni anciano.

Quedando pocos días para la fiesta, ¿quién querría perderse la locura que se había montado?
Saleta, leyendo en el Derby

viernes, noviembre 10, 2006

Shostakovich

Faltando unos diez días para la fiesta, el RSI–14 comenzó a dar señales de agotamiento. El gráfico dibujó lo que podía ser el primer hombro, y en los mercados internacionales, las materias primas comenzaron a darse la vuelta y a girar subiendo sus precios. En algunos valores como el café, o el cobre, se había completado ya la última asa de una peligrosa “paellera”, y en otros, aparecía con claridad un doble fondo: una figura típicamente alcista. Chumpéter echó una ojeada al volumen de operaciones y al “sentimiento contrario del mercado”. Éste último, a pesar de ser neutro, era engañoso: el volumen mandaba señales claramente divergentes. Mi chico de los gráficos esperó tres días para asegurarse. En los momentos decisivos, la fiabilidad de las figuras dependía absolutamente de la cantidad de transacciones. En los tres días pudo comprobar como el volumen se disparaba mediante una alarmante progresión exponencial, mientras el gráfico de cotizaciones descendía con claridad. La contradicción era flagrante; dejaba al descubierto el burdo movimiento de siempre: manos fuertes colocando descaradamente el papel en manos débiles. Chumpéter ya había tenido suficiente. No necesitaba esperar más, dio orden de vender y aguardó –con nervios de acero– la confirmación del banco escuchando a Shostakovich y releyendo una antología de Ángel González. Las gaviotas, siempre puntuales a la entrada de los barcos de pesca, chillaban al girar en las proximidades del ventanal. Al cabo de una hora le confirmaron que la operación se había ejecutado sin problemas. Esa mañana, cuando colocó en la taberna el último gráfico acompañado de una explicación sobre la diferencia entre el precio de compra y el de venta, todavía faltaba una semana para Nuestra Señora de La Saleta. Todo había salido redondo. Una vez hecha la deducción para el pago de los impuestos, el dinero prestado por la cofradía de pescadores volvía a estar en la cuenta de cada cual, y Chumpéter -al fin- pudo apoyarse en la barra como antes y ver pasar la tarde delante de un chupito de orujo sin sentir los ojos de toda la taberna clavados en su espalda.


Saleta, “las cartas de Chumpéter”

sábado, noviembre 04, 2006

Prisas por vender

Faltaba sólo un mes para la fiesta cuando Chumpéter se puso de nuevo en contacto conmigo. Aunque era por carta, se le notaba exultante: la inversión se había doblado y los planes les desbordaban. Aprovechando el espacio de la lonja, tuvieron que convocar a los habitantes del pueblo para que todos pudiesen expresar su particular visión sobre como canalizar los gastos. Al parecer fue una reunión masiva; como nunca se recordaba en el pueblo desde las elecciones del 33. Incluso hubo bronca de la buena porque había un sector –encabezado por el cura- que quería emplear la mayor parte de las ganancias en mejoras para el puerto y dejar una cifra parecida a la de todos los años para los gastos de la fiesta. Pero no argumentaron bien, y la moción fue abucheada. Algunos días después, la comisión presentó varios presupuestos parciales: pólvora, orquestas (los Diamantes de A Coruña era la que más cobraba con diferencia) adornos y bombillas, gaiteros, atracciones… Pero la asamblea de la cofradía votó por traer también a Los Satélites de El Ferrol y situar dos palcos en la plaza: uno, donde otros años, de construcción provisional; y otro enfrente, al otro extremo, para dar satisfacción también a los que les gusta que algo quede para siempre. Éste último, un palco permanente de obra, quedaría como los templetes de las bandas de música: para toda la vida. “Aquí se han vuelto locos, Saleta. Quieren tirarlo todo por la ventana”, se lamentaba Chumpéter en su carta.


Las dos orquestas y el templete costaban ya como casi todo el dinero que marcaban las ganancias en aquellos momentos; por eso la gente miraba los gráficos día a día, y muchos -sobre todo los que eran del entorno de don Jesús- se retorcían nerviosos, y más de uno mascullaba ya sapos a sus espaldas.


“La prisa por vender me recordó a mis primeros pasos de principiante”, continuaba quejándose Chumpéter. Los gráficos, sin embargo, estaban en subida libre: los indicadores lo confirmaban y la media de setenta sesiones había cruzado al alza la media de doscientas. Claro que de nada servía explicárselo a nadie, porque nadie le entendía... todo el mundo estaba obsesionado por vender.


“Hay que esperar, es pronto. Aún quedan muchos días…”, contestaba Chumpéter rodeado de gente.


Santiso era el único que le defendía cuando salía la conversación junto a la barra. Hasta que veía que todo era inútil. Entonces se mordía el labio de abajo hasta sentir el dulce sabor de la sangre, y callaba, mientras el cura, desde la puerta, gritaba que se subía por las paredes: La avaricia, la avaricia, repetía, ¡la avaricia rompe el saco! Y añadía: Todo lo que sube... baja; salte usted del tren... insensato. Salte hoy, mejor que mañana.


Pero Chumpéter no era de los que saltaban con facilidad. Lo suyo –desde siempre– era chamuscarse apurando los últimos instantes. Por eso, cuando aumentaba el griterío, encendía una cerilla y la sostenía entre las yemas sin perder la sonrisa.


Saleta, aprendiendo a esperar.

sábado, octubre 28, 2006

A la salida de la iglesia

A cambio de lo de la barca, Chumpéter no se pudo negar cuando, un mes después, el maestro le pidió que constituyese la comisión de fiestas con él y con el tabernero. Fue en medio de una reunión de la cofradía de pescadores: Yo de la pólvora no quiero saber nada, balbuceó el grafista. Y no dijo más, porque en el fondo, aquella ocurrencia de Santiso le estaba devolviendo el entusiasmo por algo, y la sola idea de que se empezase a hablar de la fiesta por unos y por otros, y de que se fuera pensando ya en los preparativos, hizo que, a partir de ese momento, una mano invisible fuera soltando los hilos de un montón de globos de colores cada día que miraba al cielo...


Me imagino a Santiso, haciendo de cada chaval un tentáculo más de sus ocurrencias para sacar dinero para la fiesta; estoy viendo al tabernero sacudiendo incontables veces los bolsillos de cada cliente a base de rifas y otros inventos... Pero, sin embargo, la participación de Chumpéter fue algo inesperado para mí. Según me dijo, se puso a graficar para invertir unos fondos que la cofradía puso en sus manos contra su voluntad, a sabiendas que aquello no dejó dormir bien a más de un pescador.

Una idea del tabernero acabó de rematarlo todo… Le dijo: ¿Por qué no ponemos un gráfico semanal de esos que hace usted? Los de la cofradía, añadió, se quedarían más tranquilos si van viendo crecer sus ahorros de domingo a domingo y pueden hacer un seguimiento. Y añadió por lo bajo: Verá, hombre, mejor nos movemos rápido, porque se oye cada cosa...


Y así empezó todo. El gráfico quedó pinchado en la taberna, en un panel de corcho junto a los rutinarios anuncios municipales, siguiendo la evolución semanal de la cesta de valores en que Chumpéter había invertido los remanentes de los pescadores. Sólo había que esperar al domingo, coincidiendo con la salida de misa y el aperitivo. Eso sí, el que quería verlo tenía que pasar por la taberna, y hasta el cura lo hizo en más de una ocasión. Esta contraprocesión -como la llamaba don Jesús- a la salida de la iglesia, se convirtió en algo inaudito en la historia del pueblo. Pero la cosa resultó de un éxito tal, que diez días después, sin que nadie se lo pidiera, Chumpéter comenzó a imprimir el gráfico a diario, y la taberna, al mediodía, se fue llenando de gente expectante: gente que esperaba dentro, gente que no cabía, y gente que aguardaba fuera, en la plaza, a poder enterarse por otros.
A mí me lo iba contando, y mi imaginación volaba hasta allí, hasta todo aquello... y sólo en el último momento podía controlar los deseos de coger el Dos caballos y acercarme... y meterme de lleno... y mirar el puzzle desde dentro como una pieza más...
Pero yo no era una pieza más, y no podía aparecer sin hacer ruido.


Saleta, a lo lejos.

viernes, octubre 20, 2006

Al abrir cada sobre


No contesté a Chumpéter. Después de leer su carta supe que ya no era necesario aclarar nada. También fui sabiendo por él que los días, las semanas y los meses que pasaron a continuación, apenas trajeron acontecimientos distintos de las rutinas establecidas en Almiya y sus alrededores. Lentiscal -aquella taberna en la que se refugió para escribirme- fue de hecho un cordón umbilical para ambos. Ese local oscuro y lúgubre, que yo tan bien conocía, aparecía en seguida en mi mente al abrir cada sobre. Para Chumpéter, sin embargo, otra luz había coloreado los vulgares aconteceres, y otro pulso latía bajo sus pies al pisar la alfombra de ese pasillo que llamamos todos ‘sentido de la vida’. Cuando me envió su segunda carta, noté eso: un vigor inusual, un tono vital que se percibía fuerte y relanzado. Incluso, según me contaba, se atrevió a usar la barca. Se me vino a la cabeza un día mirando a Santiso durante una partida de dominó, me decía por escrito. Según lo pensé, le dije: Oye, maestro, creo que voy a salir con Uxía... Podría ser un buen contrapunto a las horas que paso encerrado con los gráficos ¿Qué me dices?


Ese día, el día que se lo pidió, iban de pareja en el juego, y Santiso, que hasta ese momento daba lecciones amparado en la cobertura legal de la partida, enmudeció. Lo de la barca… quizá no te parezca una buena idea, dice Chumpéter que añadió fingiéndose decepcionado. Entonces los otros, la otra pareja de compañeros, cruzaron una mirada entre ellos mientras colocaban las fichas. Santiso, que terminaba de levantar la última de las suyas, las volvió a tumbar de repente boca abajo con una sola mano, y le miró unos segundos por encima de las gafas de cerca. Esa fue su respuesta.


Y por eso, porque entre que Santiso no se lo acabó de creer del todo, y que el tiempo tampoco tenía prisa por dejar atrás los temporales, ya no volvieron a hablar del tema. Hasta que un día, que el mar andaba para pocas bromas en palabras de Chumpéter, pasó con la barca por delante del maestro, blanco y agarrotado, según cuenta, sin atreverse a separarse apenas de las sillerías del puerto. Santiso, que como siempre salía de la lonja rodeado de chavales sujetando la gorra de gaitero con una mano y gesticulando con la otra, gritó desde lejos: Acérquese aquí, cabezota. Y ese día, en cuclillas, ante las mejillas demudadas de aquel existencialista sobrevenido que hacía esfuerzos grotescos para agarrarse a una argolla del muelle, le prometió que comenzarían a salir con Uxía por las tardes. Cuando el mar lo permita, le gritaba muy serio poniéndose de puntillas apoyado en la barandilla del muelle. Y luego, ante la mirada de sorpresa de más de un niño, dio media vuelta y masculló: Dedíquese a los gráficos.


Y eso le dolió mucho, me acababa contando en su carta; porque el viento -de un golpe inesperado- le trajo ese susurro como una lija basta de carpintero, y se lo fue pasando por la piel, una y otra vez, hasta desollarle camino de esta taberna, donde –igual que a mí entonces– le esperaba, como a todos, sigilosamente el olvido.
Saleta, bajo un toldo.

miércoles, octubre 11, 2006

"Los hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una inmensa niebla de pequeños incidentes. Y la vida es esto, la niebla"
Miguel de Unamuno (Niebla)

Unas copitas de orujo.

(No tardé mucho en recibir respuesta de Chumpéter; un texto diluido en todos los sentidos que evitaba hablar de nuestra relación de forma explícita; aunque al final, en una segunda lectura, vi como, a su manera, había sabido hablar de nosotros)


El cielo, comenzaba diciendo, cada vez frunce más el entrecejo, y avisa o no… según le da. Esta tarde, por ejemplo, me había venido al puerto a releer tu carta y contestarte allí mismo, tranquilo y sereno, con las piernas colgando, frente a los suaves chapoteos de Uxía. Necesitaba estar enraizado, sentir las pesadas sillerías, el abrigo de los recuerdos... Pero ni siquiera el olor a humedad que traían los aires de pinares cercanos, ni los primeros goterones, ni el salpicar premonitorio de los pelos empapados de los pescadores que venían del mar, fue suficiente aviso para una retirada a tiempo. Todo estalló de improviso como la noche de la fiesta, y tuve que correr incluso, cruzarme con otros, chocar. Ni siquiera los ojos sorprendidos, las pisadas escurridizas, o las disculpas, consiguieron detener esa carrera mía hacia ninguna parte… La oscuridad se hizo con el puerto; la locura en medio del tormentón, sacudió los recuerdos... Y al final sucedió lo de siempre: la vista tapada por la cortina de agua, la búsqueda de refugio medio a ciegas, las risas nerviosas e infantiles, la entrada en cualquier hueco como fuera…


…Forzado por las circunstancias, me vi en una taberna, algo escondida, enroscada al fondo de un callejón que describía una pequeña curva por detrás de los hórreos de la orilla: seguro que tú la conoces. Se trata de un lugar escasamente transitado a pesar de encontrarse en el corazón de la parte vieja, un hueco oscuro y profundo con el piso de tierra, cubierto -sólo en parte- por losas de pizarra descolocadas. El dintel carcomido ha padecido ya el roce de lo humano: habrás visto una palabra recortada a gubia, Lentiscal.


Primero tuve que esperar a que se acostumbraran mis ojos, continuaba Chumpéter. Pero en seguida bajé tres desgastados peldaños de granito, y pasé entre panzudos toneles vacíos y desconchadas paredes pintadas a acuarela por la humedad y el tiempo transcurrido. Conté cuatro o cinco mesas al pasar por el medio. Si lo conoces, pensarás que me he sentado y que te escribo entre toneles. Pues no: no me he sentado porque no hay sitio. Es lógico: nadie se mueve cuando afuera diluvia.


Por eso te escribo desde el mostrador, intentando que las gotas no me emborronen ninguna palabra. Los olores del tabaco, la madera y el vino, se mezclan con la escasa luz de una bombilla -la única que hay cerca de la barra- adornada por un manto barnizado de cagadas de mosca. Algunos rostros afilados miran hacia la entrada desde unas ojeras derrotadas en su afán de labrar el tiempo con la vista; en mí ni se fijan, continuaba Chumpéter. En seguida supe que había entrado en una taberna de pocas palabras, sólo las justas. Una vez más, me acordé de ti. Al otro lado del mostrador, frente a mí, el dueño, inclinado con el codo en la madera y la barbilla en la mano, ha permanecido así desde que entré: con la mirada nublada por el olvido.


Como no había mesa, me acerqué hasta el mostrador ennegrecido, pasé la manga por la madera húmeda y saqué el papel para escribirte. Te paso las palabras que alguien ha grabado raspando en el cerezo dolorido. Lo acabo de ver, me impresiona: El tiempo transcurre únicamente para los que buscan algo en la vida. Tal vez por eso, se respira aquí el perfume inmenso de lo quieto. Qué pena no poder hablar contigo aquí mismo, compartir todo esto. Ahora estoy pasando a limpio el borrador, no te lo puedo mandar así: es un mar de tachones. Poder escribirte en este ambiente es un gusto difícil de explicar. Sin duda el cerezo inerte lo sabe, porque él mismo participa empapando con rapidez el vino cedido por la loza generosa y los pulsos desorientados.


Aquí amor hay poco, Saleta. Pensarás que te cuento todo esto para torear las frases que me dijiste y no entrar en el tema. Descuida, lo haré no tardando… hoy me es imposible porque se me ha empañado el alma. Iba a ello, créeme, a hablar de nosotros; pero entonces me volví, Saleta. Me volví para ver cómo empezaba, y allí, en los ojos desenfocados de aquellos anónimos existencialistas populares sin buhardilla en Montmatre, vi el Atlántico de cada uno; los vi a ellos, Saleta, los vi elaborando a pelo su propia tragedia ante unas copitas de orujo; a corazón abierto, Saleta, sin otro espejo que sus propias vidas.

Y no he podido seguir.


(Esta vez no estaba sentada en la playa, a la orilla del mar, y las dunas y el faro quedaban muy lejos. Sin embargo, a través de Chumpéter llegaba hasta mí el Atlántico, y yo lo oía como también lo estaba oyendo él. Oía su voz según leía, y al tiempo me emocionaba ver cómo recorría -con dignidad heroica- el difícil pasillo hacia el embarcadero de Caronte -luego qué más da-, caminando entre la espera y el olvido)


Saleta, empapada.

viernes, octubre 06, 2006

Bajo los mismos focos

Al comenzar a escribir el segundo folio me sentí en la obligación de añadir un comentario acerca de aquel cruce de nervaduras góticas en que nuestras paralelas –como a él le gustaba decir– se habían convertido. Aunque me fastidie reconocértelo, es un mérito tuyo, le dije. Pasó y pasó, Chumpéter, y ahí estamos: en el escenario. No uno arriba y el otro en la butaca, sino bajo los mismos focos, recordando cada uno el brillo de los ojos del otro esa noche y los aplausos de la lluvia en el techo del coche. Claro que no sé si tardaremos mucho o poco en volver a vernos. Verás: fuera de Galicia, con la cosa de que no llueve casi, te cruzas con la vida tan deprisa que, muchas veces, ni la reconoces... y eso a mí no me va.


Donde estás tú, al lado del mar, es distinto, le decía más adelante. Cuando estaba en el faro, antes de alquilártelo, cada día la veía –me refiero a la vida– dos o tres veces mínimo. Tú que eres tan ‘científico’ (tan racional, quiero decir) pensarás que hablo de la vida como si fuese una persona más, y esto te parecerá algo propio de poetas o de locos. Pero mira, le insistía, fíjate qué cambio: en Almiya yo salía por ahí sin rumbo y sin hora, hacía cosas que me llenaban, intentaba no pensar… sobre todo eso. Sin embargo, en una ciudad tan de espaldas al agua, pienso mucho, demasiado –le puse ‘demasiado’, subrayado– Y es que al final la gente te lleva en volandas como arrastrada por una manifestación de la que no puedes salir, hilvanando tensiones absurdas como ellos; y como ellos, muriendo lentamente… Y yo no soy así, ya lo sabes: yo necesito servir a un frenético soñar; nada parecido a pensar, sino a atravesar charcos, mares, o una simple cortina de agua detrás de una quimera.


Así es que, por un lado, no debería pasar mucho tiempo sin que nos volviéramos a ver; porque sin el mar, literalmente me ahogo. Pero por otro, tengo miedo: mis mundos emocionales son auténticas cometas que no quisiera ver varadas en la arena. Me moriría. Por eso quiero que algo quede claro entre nosotros, por si aparezco un día de pronto: no pertenezco al mundo de los que andan colocando primero un pie, y después el otro; y si vuelvo por Almiya, yo misma repasaré con tiza el perfil de mi sombra… y nadie más. Que más vale un hermoso espejismo o una mentira bien montada –continuaba diciéndole en el último renglón– que toda la realidad cabizbaja, escanciando la verdad engañosa de nuestros encuentros cuarteados.


Y concluía: Prefiero imaginarte, Chumpéter.
Déjame que sueñe consciente de que sueño.


Saleta, si los labios hablaran.

viernes, septiembre 29, 2006

"No hay mundo, no hay tierra, no hay nada… En el fondo es eso, al final todo es mentira. El único sitio donde existes, es en tu cabeza…" (Paul Auster, “El palacio de la luna”)

¿Qué te dije?

Ves como cumplo... Tarde, pero cumplo.


Así comenzaba mi carta, una carta repasada, cuidada, medida. ¿Qué te dije? Que te escribiría al llegar, ¿no? Pues al llegar, no pudo ser. En Madrid, le dije inventándome un lugar donde jamás viviría, las cosas parecen rodar íntegramente a lomos de una especie de ‘bolero de Ravel’ absurdo, repetitivo y machacón; una engañosa rotación de ‘tío-vivo’, atractiva al principio para quien gusta de rodar tanto como a mí; aunque después, al poco, enseguida se ‘pilla’ que este rodar de por aquí es un rodar diferente: como si te lo impusieran, como si te llegase de fuera y se metiese dentro del cuerpo sin control. Un rodar, añadía, que bloquea los sentidos, congela las geometrías del alma, y nos deja a merced de la desesperanza y de los páramos pelados de la soledad. Hasta los meses, en esta ciudad crispada, giran al ritmo de las ruedas, le decía. Y así ha pasado, que no me he dado ni cuenta de los tres primeros meses, ni de los tres últimos; ni tan siquiera de la locura intermedia… que mejor no te cuento.


Y que no se equivocase, le prevenía muy seria antes de llegar al final de esa primera cara. Que la verdad verdadera, sentencié reiterando a propósito, es que para contarte lo que te voy a contar, he necesitado la claridad que da el tiempo, y la distancia… también la distancia. Porque los dos, le dije yendo al grano, hemos cruzado una raya en un momento muy poco oportuno. Y no necesito citar aquí matices ni detalles, porque tú no eres tonto. Por eso entre nosotros, puntualicé harta de rodeos, hay que hilar muy fino.


Que tú eres muy dado a interpretar mal todo lo que no sean gráficos bursátiles.
Saleta; rotaciones desde mi sitio.