Pepe Codorníu llegó aquí -a la vez que las sacas del correo- aprovechando que la primavera había dejado atrás los temporales de invierno. Tenía su pasado, como todos los hombres; pero saltaba a la vista que estaba más descosido que los bajos de sus pantalones, así que mejor no preguntar. Al menos, eso exigían sus ojos; o eso leían los míos cuando nos cruzábamos ocasionalmente por los senderos que bordeaban las escarpadas paredes de granito de los acantilados. Qué más da si cuando nos vimos la primera vez, esos ojos me parecieron azules como el oxígeno del agua, o verdes como los viñedos de la Ribeira Sacra donde trabajé de maestra por vez primera. Pude equivocarme perfectamente en ese primer impacto, en esa sacudida inicial, y tal vez fueran grises, o marrones, o negros... Ya no vivo para correr tras los pigmentos de las almas, ni tampoco persigo la interpretación objetiva de las expresiones. Sé que este indiano tardío, además de un traje blanco de lino y un libro de Robert Musil (El hombre sin atributos) del que no se separaba jamás, era dueño de un baúl desvencijado y un estuche de mano de pipas de colección, casi todas de fabricación cubana. Eso me basta, aún hoy, cuando le recuerdo, para que siga aflorando la huella de la primera impresión que todavía me intranquiliza, y que me sugiere una respuesta sin pregunta, una sombra sin nadie, un recuerdo punzante... Sin embargo, a veces, con dos tilas, pienso que quizá, simplemente, se proyectasen en él cosas mías, restos amontonados de más de un naufragio, mezclados con la espuma batida de los años...
La primera vez que casi nos rozamos fue en el muelle, esperando de nuevo la barca del cartero como figuras de un recortable infantil pegadas en una cartulina... En aquella ocasión el aire venía cargado de salitre y azotaba racheado de mar a tierra, provocando un lagrimeo involuntario que resbalaba hacia las patillas por las comisuras de los ojos. Mi cuerpo temblaba ante los escandalosos aleteos de nuestras ropas, y no era miedo, sino algo más simple: temía que un revoltijo del azar nos acercase peligrosamente antes de tiempo, o nos aproximase incluso al borde mismo del muelle convirtiendo en anécdotas de poca importancia las dificultades y chillidos de las gaviotas para sostenerse contra el aire. Nuestras siluetas percibían claramente este riesgo, y así lo reflejaban en el agua a un palmo escaso de los bordes desgastados de las sillerías. Me gustaría haber hecho una foto ese día, así, tan involuntariamente juntos, ungidos nuestros reflejos a las fantasías arco iris del gasóleo.
Una atenta calma estuvo acunando ese primer contacto destinado a pasar de largo sin otro papel que el de ser un prólogo donde dejar marcados los primeros pasos de un son caribeño. Fue la primera vez, y eso fue todo: apenas un rápido intercambio de miradas al acercarnos a buscar el correo; y nada más. Sin embargo, un amasijo interno de reacciones contenidas convirtieron mi cuerpo en un avispero, y me dejaron pensando en muchas cosas: primero, en lo enorme que debe ser todo lo que no conocemos de nosotros mismos; luego, en lo inesperado que se puede desplegar en un abrir y cerrar de ojos; y por último, en la inmensa catarata del destino sinuoso que ruge, amenazador, sobre nuestras cabezas...
A partir de entonces nos fuimos tropezando a lo tonto, manejados por hilos invisibles. Una incierta mano nos hizo coincidir en los lugares más inesperados como si estuviésemos empeñados en cuadrar un horario con los movimientos del otro. Así pasaron tres semanas. Hasta que una vez nos chocamos físicamente en la puerta de la taberna por mero azar, como siempre, y esa aproximación de nuestros cuerpos señaló un referente claro para saber dónde nos buscaríamos al día siguiente; dónde podríamos seguir alimentando una tímida relación muda de palabras. Pero llena de miradas fugaces con las que jugamos durante unos cuantos días, tal vez diez como mucho. Hasta que él no quiso seguir y movió ficha…
Ningún hombre, de entre todos los que habitaban aquellas veinte casas, tendría, como tuvo, el desparpajo de sentarse a mi lado en la barra, por sorpresa, faltando pocos minutos para que sonara ‘Me and Bobby McGee’, una ejecución de Janis Joplin que el tabernero ponía siempre a la misma hora, las doce menos cuatro minutos, para que acabase justo con la medianoche. En ese momento –ya digo– apareció junto a mí, surgiendo por detrás de la nada, y haciendo saltar por los aires, con su conducta, lo aleatorio descaradamente. Como era de esperar, las miradas de los pescadores se clavaron en mi espalda, y los secretos personales de cada cual saltaron como chispas paralizando las partidas de cartas.
Ese día, mejor dicho, esa noche, antes de perder los raíles, arrastró un taburete muy cerca de donde yo estaba, y oí su voz dirigiéndose a mí por vez primera. Fue algo que pudo ser simplemente una fantasía inducida por un deseo más, si no fuese por ese olor a sales de La Toja tan real, tan penetrante. A aquella expresión suya, que dejaba entrever junto a un oculto deseo primordial, su correspondiente afán buceando a trompicones por debajo del tono de la música, le venía al pelo la azulada luz mortecina de las parrillas para insectos que colgaban del techo. Sin embargo su voz, indecisa y titubeante, era impropia de un local donde fondean almas que recorren largos y desconocidos caminos. Aunque, reconozco que su descuidada vocalización le daba el punto justo para dejar resbalar las palabras hacia el límite de la seducción.
─ ¿Me da fuego? ─ me dijo.
Se me ocurre que podía haber contestado: «Estaba pensando, disculpe», Pero, en mi mano, sin saber cómo, la llama de un mechero de esos que ruedan sobre los mostradores, se acercó (por toda respuesta) a un rostro que sostenía, apretado, un farias que podía ser de La Coruña, de aquella singular fábrica de tabacos de la posguerra. Fue sólo un par de segundos. Un tiempo muy escaso como para retener algo de sus ojos, de sus manos, de su boca... Tan sólo quedó en mí la huella del salitre disuelto en su particular sudor de finales de mayo... pero no me dio tiempo a más.
─ Correr tras otras cosas no vale la pena... ─escuché que susurraba, al tiempo que levantaba el vaso y hacía tintinear los cubitos de hielo.
En ese momento podía sonar cualquier tema; pero sonaba ‘Chan chan’ de Compay Segundo y, en la penumbra del local, entre el humo, parecían repetirse sin parar los ecos de aquellos breves vocablos que acababan de articular sus labios.
─ No me haga caso... ─corrigió enseguida─, es una frase de Adriano, el emperador… que igual ni es suya.
Justo entonces, la temperatura de mi cuerpo captó su cercanía, el cálido e inconfundible aliento del Havana, y el roce suave, muy suave, de sus dedos huesudos en mi hombro...
─ Hay un mar que, en noches como ésta, arrastra montones de piedras y las sube una y otra vez sobre la orilla... A la Luna le encantan estos sonidos roncos... Venga, acompáñeme, no tema...
Esa noche conocí (quizá no sea ésta la palabra más precisa dado que sugiere equívocos) a Pepe Codorníu, un hombre del que nunca llegué a saber nada esencial. Y que ni siquiera alcanzó a ser un enredo de las cometas del destino. Como mucho fue cosa de los vientos de estos mares que se ahogan en las criptas de los acantilados según llegan de América. Tal vez su vida fuese algo tan sencillo de explicar como la química que guió aquel paseo silencioso, a cuya vuelta pasamos de largo por delante de la taberna sin fijarnos en ella, como si se tratase de un local totalmente desconocido para ambos... Pero me temo que no.
Cuando amaneció, los dos sabíamos que sería un error forzar más la singladura. Nuestros caminos se habían cruzado un instante, lo justo para certificar de sobra que yo no era la persona que él estaba esperando... Pude verlo en sus ojos... Los míos estuvieron a punto de despeñar dos lágrimas. Otra canción resonaba en su mente. La podía oír como iniciaba en otra parte –muy lejos– sus primeros compases.
(Poco a poco los azules van entrando en la casa: azules que se extienden rellenando espacios y fondos por entre todas las formas emergentes del alba. Pepe, coge la cerámica que me traje de Niñodaguía entre sus manos y hace intención de apagar la vela interior como si fuese la señal que cierra un encuentro. Sin embargo, falla al primer soplo, queda pensativo, y algo le hace cambiar de idea... Esta vez, sí: se da la vuelta y su mirada se cruza con la mía. Nuestros ojos se anclan. Sonríe... se aproxima con timidez... y me acerca la luz: «Sopla tú», me dice... «No puedo con esta realidad simbólica». La sombra que permanentemente asediaba su mirada va ganando terreno... Sé que tengo que hacerlo. Es un hecho que Pepe admira la simpleza de este paisaje y de esta gente, pero él no es simple. Igual le ocurría al joven Werther cuando fue a lo mismo a Wahlheim. Cierro los ojos, y soplo. A partir de ese momento ya no sé cuando se marcha. Desde la penumbra del rincón, mi mano pequeña se queda acariciando los bordes recortados del tapete de Camariñas mientras amanece)
Saleta.